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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 111

Ese calor imperceptible había comenzado a gestarse desde hacía unas horas.

Poco a poco se extendió por sus órganos.

Hasta que ahora, el brazo con el que sostenía el vestido de Noemí empezó a temblar ligeramente.

La fuerza en sus manos se desvanecía lentamente.

Sus suaves y finos dedos ya no tenían energía.

Úrsula contuvo la respiración agitada, apretó los dientes y una fina capa de sudor perló su frente tersa y luminosa.

Noemí la miró con los ojos entrecerrados.

—No importa si estoy loca o no, el punto es que tú estás acabada. Voy a gritar ahora mismo, a ver qué hombre tiene tanta suerte de recoger a la señora Silva.

Iba a abrir la boca para gritar.

—¡Aux...!

No pudo articular ni una sola palabra, la frase se le quedó atascada en la garganta.

Úrsula, soportando el calor abrasador, tiró de su brazo y le tapó la boca.

La noche se volvía más espesa y el viento había empezado a soplar con fuerza.

Úrsula sentía que con cualquier movimiento, el fuego que recorría su cuerpo amenazaba con consumirla.

Noemí pataleó, aferrándose a los brazos de Úrsula y clavándole las uñas en la piel.

Afortunadamente, como estaba acostumbrada a una vida de lujos y comodidades, no tenía mucha fuerza.

Úrsula se mordió el labio inferior con fuerza para mantenerse despierta.

Sintió un ligero sabor a sangre en la boca.

Tapándole la boca, empujó a Noemí hasta el borde de la fuente.

Solo se escuchaban respiraciones agitadas y pasos tambaleantes.

—¿No te gusta ser el centro de atención? —susurró Úrsula—. ¡Te voy a dar toda la atención que quieras!

La soltó de golpe.

Noemí intentó gritar de inmediato.

—¿Qué crees que estás haci...?

Pero no pudo terminar la frase.

Sintió un empujón directo en la espalda.

Un fuerte chapoteo resonó en el lugar.

El agua salpicó por todos lados.

Úrsula la había pateado hacia la fuente sin piedad.

Se empezaron a escuchar manoteos desesperados y los gritos instintivos de auxilio de Noemí.

—¡Ayúden... glub... auxilio...!

Wilfredo Valdés había obligado a sus tres hijas a tomar clases de natación, pero Noemí siempre buscaba excusas para saltárselas y nunca aprendió.

En ese momento, se agitaba torpemente en el agua, hundiéndose cada vez más.

Pedía ayuda de forma patética.

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