Lucio salió por la puerta principal de la mansión Valdés cubriéndose con el paraguas.
El griterío de aquella familia quedó atrás, y en sus oídos solo resonaba el repiqueteo incesante de la lluvia golpeando las ventanillas del auto.
Subió al coche y miró de reojo a la chica que estaba a su lado.
Ahora ella estaba dispuesta a sentarse en el asiento del copiloto. Tenía la cabeza gacha, por lo que era imposible descifrar su expresión.
Lucio apartó la mirada, sostuvo el volante con calma y clavó sus oscuros ojos en la inmensa oscuridad de la noche.
La imagen de la espalda de Úrsula alejándose con tanta determinación de la casa Valdés pasó fugazmente por su mente. Por un breve instante, lo hizo viajar muchos años atrás.
¿Cuántos años tenía en ese entonces?
No se acordaba.
El recuerdo era demasiado lejano, y como era muy pequeño, los detalles estaban borrosos.
Creía recordar que también era una noche de lluvia, o tal vez no; quizá solo fue un año en el que llovió muchísimo.
La familia que lo había comprado logró tener a su propio hijo biológico ese mismo año. Los vecinos del pueblo decían que el pequeño Luciano Guzmán había traído la suerte de un "hermano" en su destino, así que los esposos Guzmán, tras años de infertilidad, por fin tuvieron un hijo propio.
Al principio, sus padres adoptivos estaban felices, y Luciano también.
Pero desde el momento en que nació el hijo biológico, Luciano solía ser "olvidado" en la montaña, como si nada.
Por suerte, tenía buena memoria y era valiente, así que siempre encontraba el camino de regreso.
Pero al volver, solo le esperaban golpizas. Su padre adoptivo le gritaba por alejarse, mientras su madre adoptiva observaba en silencio, con su hijo pequeño en brazos.
Con el tiempo, las golpizas se volvieron una costumbre. Cada vez que algo salía mal en casa o alguien estaba de mal humor, se desquitaban con Luciano, dejándole el cuerpo lleno de moretones.
Un día, su padre adoptivo se emborrachó y empezó a murmurar que ya había contactado a un intermediario. Dijo que como Luciano todavía era pequeño y lo podían revender, sacarían unos tres mil por él.
La madre adoptiva le dijo que le preguntara al intermediario si podía sacarles un poco más de dinero.
Ya tenían a su propio hijo, así que no querían seguir criando a un niño que no llevaba su sangre.
Esa misma noche, Luciano se robó el amuleto que su padre adoptivo había conseguido en un viaje lejano para proteger a su hijo biológico y se lo colgó al cuello.
No se llevó nada más de valor, solo ese amuleto barato y dos panes.
Aprovechando la oscuridad y la lluvia, se fue de esa casa estando completamente solo, y jamás volvió.
Así comenzó su largo camino viviendo en las calles.
Volviendo al presente.
—Oye —dijo Lucio.
La estaba llamando.
—¿Mhm? —Úrsula levantó la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros y expresivos no reflejaban demasiada emoción, y preguntó con un tono ligero—: ¿Se descompuso el auto?
—No —respondió Lucio, tamborileando los dedos sobre el volante—. Te pregunto de nuevo: ¿tienes ganas de llorar ahora? ¿Cómo te sientes?
Después de todo lo que había pasado, Úrsula se recostó en el asiento, soltó un largo suspiro mirando hacia arriba y, con una voz suave como una pluma, pronunció:
—Siento un gran alivio.
Ese día, al tomar la decisión de desligarse de su familia, el único sentimiento que Úrsula pudo experimentar fue el de liberarse de un gran peso.
Lucio soltó una carcajada sorda:
—Me parece perfecto.
Afuera la lluvia caía a cántaros; adentro, el coche estaba en completo silencio.
Arrancó el auto:
—Ponte el cinturón, nos vamos a casa.
Úrsula asintió:
—De acuerdo.
Para cuando llegaron a la Mansión Poniente, la lluvia había empezado a disminuir.
El cielo comenzaba a clarear, y al mirar el celular, se dio cuenta de la hora.
Eran las cinco de la mañana.
Úrsula se dio una ducha rápida y, en cuanto salió del baño, se metió directo a la cama. Estaba tan agotada por no haber dormido que caminaba casi arrastrando los pies.
Cuando Lucio abrió la puerta y entró a la habitación, vio ese pequeño bultito envuelto entre las cobijas.
La verdad era que ya se había acostumbrado a ver esa escena.
Esa mañana tenía que ir a la empresa, y calculando el tiempo, apenas podría dormir un par de horas más.
Si fuera el Lucio de siempre, preferiría no dormir.
Pero como la fuerte tormenta de la madrugada lo había despertado y ya no había podido conciliar el sueño, al verla tan cómoda acurrucada, sintió que él también tenía un poco de sueño.
Sin dudarlo un segundo, se acercó a la cama, levantó las sábanas de forma rápida y se acostó.
Dormir en la cama era definitivamente mucho más cómodo que en el sofá.
Las pesadas cortinas estaban cerradas por completo, dejando la habitación en penumbras.

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