Con el chico fuera de escena, el pasillo volvió a quedar a solas para los dos.
Incluso siendo un matrimonio por conveniencia, toparse en un lugar así resultaba bastante incómodo.
Úrsula no dijo ni una sola palabra.
Lucio bajó la mirada hacia la chica. Desde que habían regresado a Nueva Alborada, apenas y se habían visto. Lo único que sabía era que ella estaba muy ocupada, tanto que a veces ni siquiera pasaba la noche en la Mansión Poniente.
Estaban parados frente a frente. Lucio observó el chongo perfectamente arreglado en la nuca de ella.
Le picaron las manos.
Un segundo después, ya se lo estaba apretando.
Al sentir que le jalaban un poco el cabello, Úrsula levantó la mano y presionó los dedos contra el brazo de él para apartarlo un poco.
—Me costó mucho peinarme así, no lo arruines —dijo.
Lucio retiró la mano y, recordando la escena de hace un momento, dejó escapar una ligera risa nasal.
—De verdad pensaba que eras una niña buena, de esas estudiantes modelo.
Úrsula se sonrojó de vergüenza. Con las largas pestañas medio caídas, murmuró en voz baja:
—No es lo que piensas.
Fuese o no así, Lucio no indagó más en el asunto.
Solo la observó un instante antes de pasarle el brazo por los hombros para guiarla hacia otra sala privada.
Antes de entrar, se inclinó hacia su oído y le susurró:
—Nos vamos juntos a casa más tarde.
Úrsula asintió.
Ambos entraron a la sala.
Básicamente, todos los que estaban ahí eran el grupo de Villa Cielo Abierto que Úrsula ya conocía. Estaban bebiendo, tirando dados y pasándola en grande.
Era evidente que Lucio había estado en ese lugar minutos antes. Cuando entraron juntos, todos voltearon a verlos. Algunos lo saludaron llamándolo Lucho, y otros también le dieron la bienvenida a Úrsula.
Lola seguía luciendo su cabello verde. Acababa de perder en verdad o reto y estaba contando una de sus anécdotas vergonzosas con cara de pocos amigos.
Cuando Lucio la guio hacia los sofás, los demás hicieron espacio en el centro para ellos.
Apenas se sentaron, Tomás le ofreció un vaso de jugo a Úrsula con una sonrisa bonachona.
—No tiene hielo.
Úrsula asintió levemente en agradecimiento y lo tomó.
A diferencia de la primera vez que los conoció en la Mansión Poniente, después de tanto tiempo, ya no se sentía tan fuera de lugar en ese tipo de ambiente.
La botella vacía sobre la mesa empezó a girar.
Se detuvo apuntando a Diego.

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