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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 161

Úrsula detuvo los cubiertos sobre su plato.

—¿Aniversario luctuoso?

—Así es —explicó Rosa—. Como apenas se unió a la familia, es normal que no esté al tanto. Cada año, por estas fechas, todos deben regresar a San Cipriano para conmemorar el aniversario luctuoso del abuelo.

Aunque la familia Silva era una de las más poderosas de Nueva Alborada, sus verdaderas raíces no estaban en la capital, sino en San Cipriano, una ciudad no muy lejana.

De no ser por Rosa, Úrsula jamás se habría enterado.

—Entonces, no olvides avisarle a Lucio —dijo Úrsula en voz baja—. Es probable que él tampoco sepa que debemos ir.

Rosa asintió y confirmó la orden.

Como se había enterado de improvisto sobre el viaje a San Cipriano, Úrsula tuvo que ajustar su agenda de inmediato tras confirmar el itinerario.

Afortunadamente, el proyecto del centro de arte avanzaba sin contratiempos. Cada tarea tenía a su propio responsable, así que no había de qué preocuparse.

El cambio del principio al final del otoño no pareció durar nada. La temperatura cayó en picada, como si estuvieran en una montaña rusa, y el tiempo se escurrió de las manos.

El día del viaje, el chofer llevó a Úrsula al aeropuerto para abordar el avión privado de los Silva.

En la cabina solo estaba Doña Mercedes.

Ni rastro de Don Gonzalo, ni rastro de Lucio.

Úrsula llevaba un tiempo sin ver a su suegra. Lucía mucho más demacrada; ni siquiera su maquillaje impecable o su ropa de diseñador podían ocultar el cansancio en su rostro.

Doña Mercedes estaba sentada en uno de los sillones. Al verla entrar, habló con frialdad.

—Solo somos nosotras dos. Siéntate.

Úrsula ocupó el asiento frente a ella.

El avión despegó.

Úrsula ya se había preparado mentalmente para soportar un largo sermón. Sin embargo, durante todo el trayecto, la imponente mujer mantuvo los ojos cerrados, apoyando la frente en la mano sin decir una sola palabra.

Era evidente que Doña Mercedes no estaba pasando por un buen momento.

Úrsula se recostó en su asiento, mirando el cielo azul intenso por la ventanilla.

Después de un rato, el sueño la venció y cerró los ojos para descansar.

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