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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 188

Mientras el auto avanzaba a buen ritmo por la carretera, él descansaba con los ojos cerrados en el asiento trasero.

La noche era densa y el viento soplaba gélido.

Era tarde.

El viento helado se coló por los terrenos de Villa Cielo Abierto. El edificio principal estaba a oscuras, aunque la calefacción lo mantenía cálido.

Úrsula dormía en la enorme cama de la habitación, acurrucada y con la mitad del rostro hundida en su suave almohada.

Su largo cabello se esparcía desordenado a su alrededor. Tenía un brazo sobre la cara, protegiéndose inconscientemente, y había pateado un poco las cobijas.

En invierno, Úrsula solía dormir con calcetines, pero como el aire acondicionado tenía la temperatura perfecta, sentirse tan envuelta por la ropa de cama le empezó a dar calor.

Las mantas estaban algo revueltas, y de algún modo, mientras dormía, se había quitado los calcetines. El borde de la sábana apenas le cubría las pantorrillas, dejando sus pies descalzos al descubierto.

Poco a poco empezó a sentir frío.

Se encogió un poco, sumida en sus sueños.

Úrsula estaba soñando.

En el sueño, todo era oscuridad. Había entrado por accidente a un bosque de árboles negros que parecía no tener fin y corría sin detenerse, hasta que tropezó con una enredadera. De pronto, una serpiente siseando y sacando la lengua se arrastró entre las hojas caídas y se enrolló alrededor de su pie.

Úrsula se estremeció de pies a cabeza y despertó sobresaltada.

Pum, pum.

Su corazón latía como un tambor.

Abrió los ojos lentamente en medio de la oscuridad; su mente aún estaba adormilada y confundida.

Era solo un sueño.

Encogió un poco el pie.

Apenas se movió,

dejó de respirar.

La fría y apretada sensación alrededor de su pie no había desaparecido con el sueño.

En aquella habitación en la que siempre dormía sola, ahora se escuchaba otra respiración.

Úrsula no se atrevió a moverse ni un milímetro.

En medio de la penumbra, alguien estaba de pie junto a la cama, sujetándole el pie con fuerza.

La mano estaba helada y su piel era áspera.

Los pulgares del intruso la acariciaban suavemente.

Una y otra vez.

Con cada caricia, Úrsula sentía que una corriente eléctrica le recorría la columna.

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