No era la primera vez que Lucio notaba que la temperatura corporal de Úrsula estaba más alta de lo normal.
Ella insistía en que no le pasaba nada y se negaba rotundamente a tomar cualquier medicina, comportándose como una adolescente rebelde en medio de un berrinche.
Aquello sacaba a Lucio de sus casillas.
—Llevas días con esta febrícula y todavía te atreves a decir que estás perfectamente bien.
Era temprano en la mañana. Lucio ya se había bañado, estaba vestido de punta en blanco y la observaba desde el borde de la cama, con el ceño fruncido en una mezcla de autoridad y reproche.
Úrsula tenía toda la intención de levantarse, pero en ese preciso instante se le quitaron las ganas de sostenerle la mirada a ese ogro malhumorado. Cambió de plan, agarró la cobija con ambas manos y se tapó hasta la frente.
—Te juro que estoy bien, ya vete a trabajar que vas a llegar tarde —murmuró desde su escondite.
—Evitar al médico no te va a solucionar nada.
Con una expresión severa, Lucio se inclinó, le arrancó la cobija de un tirón, pasó un brazo por su espalda, el otro por debajo de sus rodillas y la levantó de la cama de un solo movimiento.
Antes de que Úrsula pudiera procesar lo que estaba pasando, sintió que sus pies abandonaban el colchón.
Volteó a ver al hombre que la cargaba y le dio un golpecito débil en el hombro. Sus ojos somnolientos se abrieron por completo, reflejando una profunda resignación.
—¿A ver si usas toda esa energía que tienes para ir a molestar a otra persona?
Hubiera preferido mil veces que se quedara a dormir en su oficina. En cuanto cruzaba la puerta de la casa, su necesidad de controlarlo todo volvía a salir a flote.
Lucio ignoró magistralmente la clara muestra de fastidio de su esposa.
La llevó en brazos directamente hacia el enorme vestidor, la sentó en uno de los sillones de diseñador y la sostuvo por los hombros para dejarle en claro que no pensaba dejarla huir.
Úrsula suspiró, dejó caer la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.
Lucio rebuscó y sacó un suéter de lana en tono morado grisáceo. Se volteó hacia ella.
—¿Te vas a poner esto?
Con los ojos cerrados, Úrsula soltó un murmullo indescifrable.
—Lo que sea... da igual.
Él sacó el conjunto entero. Caminó de regreso hacia ella, la levantó de nuevo y la sentó sobre sus propias piernas. Tomando sus delgados brazos, empezó a meterle la ropa como si estuviera vistiendo a una muñeca.
Fue entonces cuando se percató de que la blusa tenía una cinta extraña.


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