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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 309

Úrsula seguía desaparecida.

Ya habían pasado dos días enteros.

Tomás había movilizado a todos los hombres que tenía a su disposición, llegando al extremo de investigar hasta en la lejana zona de la Costa Este, pero los resultados seguían siendo un rotundo cero.

Era como si la tierra simplemente se la hubiera tragado.

Incluso si se trataba de un secuestro profesional, era estadísticamente imposible mover a una persona dentro de los límites de Nueva Alborada —una ciudad controlada por los férreos anillos de seguridad de Lucio— sin dejar la más mínima pista o levantar sospechas.

Que no hubiera ninguna fuga de información solo dejaba sobre la mesa una terrible conclusión: Úrsula jamás salió de la ciudad; sus captores la mantenían oculta en un punto fijo, completamente inmovilizada.

Y así terminaba otro maldito día sin respuestas.

Durante todo ese tiempo, Lucio se había olvidado de sí mismo. Ni siquiera tuvo tiempo de afeitarse, por lo que una sombra áspera de barba cubría su mandíbula, dándole un aspecto desaliñado y salvaje.

Al caminar por la habitación, se detuvo frente al tocador donde Úrsula siempre se sentaba a probar y mezclar sus frasquitos de cremas. Al mirarse en el espejo, no reconoció al hombre devastado que le devolvía la mirada.

Si ella lo viera con esa barba de varios días, seguramente se le quedaría viendo fijamente un rato y luego apartaría la vista con cierto rechazo, pero siendo ella tan educada, se tragaría su disgusto en silencio.

El aroma sutil de sus jabones y perfumes seguía flotando como un fantasma en el ambiente de la habitación.

Sin embargo, ante su prolongada ausencia, aquella fragancia que antes inundaba cada rincón de la casa comenzaba a disiparse lenta y dolorosamente.

Sus rompecabezas seguían apilados sobre una pequeña mesa. Había de todo: un Bob Esponja, un Patricio Estrella y otras tantas imágenes coloridas que Lucio era incapaz de identificar. Eran las típicas compras impulsivas que ella hacía por internet para matar el tiempo antes de dormir. Los terminados adornaban la mesa, pero en los cajones descansaban más de diez cajas sin abrir, todavía cubiertas por su envoltorio de plástico.

Lucio llevaba cuarenta y ocho horas sin cerrar los ojos.

Se dejó caer en el borde de la cama, separó las piernas y se frotó las sienes con fuerza. Pasó los dedos temblorosos por su cabello, empujando los mechones desordenados hacia atrás en un gesto de absoluta desesperación.

Tenía el ceño fruncido y unas ojeras moradas y profundas debajo de los ojos.

La inactividad lo carcomía por dentro. Era como tener un enjambre de avispas destrozándole los órganos vitales, y un zumbido ensordecedor taladrando sus oídos de forma constante.

Todo ese coctel de estrés lo convertía en una bestia colérica y explosiva.

Sentía una necesidad imperiosa de destruir algo.

De tomar todo lo que estuviera a su alcance y hacerlo pedazos contra las paredes.

Se frotó el rostro con ambas manos, incapaz de soportar un segundo más en aquella habitación que le recordaba constantemente lo que había perdido.

En la madrugada, subió a su auto y salió a toda velocidad de la Mansión Poniente.

No tenía la más mínima idea de hacia dónde se dirigía. Aferrado al volante con la mandíbula tensa, navegaba sin rumbo por las complejas y vacías avenidas de Nueva Alborada.

Sin darse cuenta, su instinto lo llevó a estacionarse frente a las oscuras puertas del centro de artes.

Esa zona solía ser pacífica de día, pero a esas horas de la madrugada, el silencio era sepulcral.

Bajó la ventanilla a la mitad y alzó la vista, observando las ventanas vacías del edificio.

Y justo ahí, la figura de un hombre cruzó por su mente como un relámpago.

Tomó el celular y marcó el número de Tomás, ordenándole en tono glacial que rastreara y encontrara al hijo bastardo que Mauricio Silva mantenía oculto.

Tomás guardó silencio por unos largos segundos, atónito ante la orden, pero no tardó en reaccionar y confirmar la instrucción.

Tras colgar, Lucio se recargó en el asiento de cuero y cerró los pesados párpados.

La noche era densa y el silencio ensordecedor.

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