El peso del hombre sobre el cuerpo de Úrsula era enorme.
Nunca había sentido algo tan pesado.
Significaba que realmente ya no le quedaban fuerzas, dejándole caer a ella todo el peso de su cuerpo sobre sus hombros.
Y después de decir aquel «lo siento», el hombre apoyado en su hombro cerró los ojos lentamente.
La sangre caliente empapó la tela, traspasando desde su ropa hacia la de ella.
Él solía vestirse de negro por costumbre, así que sus heridas apenas se notaban, pero cuando la sangre manchó las ropas claras de Úrsula, todo quedó a la vista.
Los dedos de Úrsula se quedaron congelados en el aire.
Allí estaba, de rodillas, medio recargado sobre ella, como si estuviera ofreciendo su propia vida en señal de arrepentimiento, pegado a ella para que no pudiera sacárselo de encima.
Lucio era demasiado calculador.
Incluso al borde de la muerte, acribillado a tiros, todavía tenía energía para jugar con la mente de Úrsula.
Por lo general, él era un hombre que jamás sabía cómo agachar la cabeza ni pedir perdón, siempre paseándose con esa actitud de ser intocable.
Esas disculpas podrían haberse dicho en cualquier momento y Úrsula igual habría tenido el derecho de no perdonarlo.
Pero él eligió soltarlas justo en ese preciso instante, con un hilo de voz, cuando existía una alta probabilidad de que fuera a morir.
Si él pedía perdón, ¿estaba ella obligada a perdonarlo?
Úrsula recuperó el aliento, agarró los brazos de Lucio que colgaban de sus hombros e intentó apartarlo.
Pero al tocarlo, se llenó las manos de sangre.
El calor la aterrorizó.
Después de la agotadora noche, su visión se volvió borrosa y su conciencia empezó a nublarse.
La vista mareada dio paso a un paisaje en blanco puro.
Se desmayó.
Dos figuras inconscientes, de rodillas en el suelo, apoyadas en el hombro del otro, se sostenían mutuamente evitando así desplomarse, pareciendo, desde lejos, una escultura en perfecto equilibrio.

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