Era sábado por la mañana.
Lucio se despertó antes de que amaneciera. Tomó su celular para mirar la hora y luego se dio la vuelta para abrazar a la chica que dormía profundamente a su lado.
Pensó que podría dormir un par de horas más, pero cuanto más cerraba los ojos, más despierto se sentía.
Probablemente tenía demasiadas cosas en la cabeza y el sueño simplemente se había esfumado.
Se destapó y se levantó con sumo cuidado. Como le sobraba energía, subió al gimnasio y entrenó durante más de una hora. Luego, se dio una ducha en el cuarto de invitados y se arregló antes de regresar a la habitación.
El clima empezaba a ser más cálido, y Úrsula, sintiendo calor en medio de sus sueños, solo se había cubierto con la mitad de las sábanas.
Dormía plácidamente, con un suave rubor tiñendo su piel de porcelana.
Lucio se agachó apoyando una rodilla junto a la cama y la observó en silencio por un momento. Sacó su cámara, le tomó un par de fotos y eligió la que más le gustó para ponerla como fondo de pantalla en sus chats.
Satisfecho con su obra, la admiró un instante más antes de volver a meterse en la cama.
No durmió, solo se quedó mirándola.
No supo cuánto tiempo pasó, pero finalmente amaneció. La luz se filtraba por las pesadas cortinas, anunciando lo que parecía ser una hermosa y soleada mañana de primavera.
En cuanto Úrsula abrió los ojos, se encontró con la mirada del hombre frente a ella.
Él estaba recostado de lado, observándola fijamente. Una sonrisa jugaba en sus labios y emanaba una pereza encantadora, como si fuera el dueño del mundo.
—¿A dónde te gustaría ir primero en nuestra cita de hoy?
Úrsula parpadeó lenta y perezosamente.
—¿A caminar por el parque?
—Me parece perfecto. Arriba —dijo Lucio.
—Mhm.
Úrsula apenas se había apoyado sobre los codos para sentarse cuando Lucio deslizó un brazo debajo de sus rodillas y el otro por su espalda, levantándola en peso.
Él tenía el torso desnudo y musculoso. Al abrazarla con tanta fuerza, lo único que los separaba era la delgada tela del pijama de Úrsula. El calor que irradiaba el cuerpo de él era tan intenso a esas horas de la mañana, que a ella se le enrojecieron las orejas.
No era timidez, era pura incomodidad.

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