Aquel parque a orillas del río era el más grande de Nueva Alborada, así que recorrerlo les tomó prácticamente toda la mañana.
Para el almuerzo, Lucio le había pedido a Tomás que reservara un salón privado en El Rincón del Sabor.
Cuando Úrsula entró, vio que la comida ya estaba servida en la mesa.
Giró la cabeza y miró a Lucio.
—¿Cómo sabías lo que me gusta?
Lucio arqueó una ceja.
—Siempre lo he sabido.
Tomó el abrigo de Úrsula, se lo entregó al camarero y con un gesto de la mano le indicó que se retirara.
La puerta se cerró, dejándolos en absoluta privacidad.
—¿Y tú sabes cuáles son mis gustos? —preguntó Lucio.
Úrsula, que se había acercado a la ventana para mirar el paisaje, se giró al escucharlo.
—¿No comes de todo?
—...
Lucio prefirió no decir nada más y tomó asiento.
—Ven a comer.
Úrsula se acercó, pero justo cuando iba a sentarse en la silla de al lado, Lucio la jaló hacia él y la sentó en sus piernas.
Ladeó la cabeza y le dijo:
—Te voy a dar de comer en la boca.
Úrsula negó con la cabeza de inmediato.
—No, no es necesario.
—Si comemos cada quien en su plato, ¿qué diferencia habría con cualquier otro día? Hoy estamos en una cita —argumentó él.
Úrsula sabía perfectamente que si no le seguía la corriente, no terminarían de comer en paz. El objetivo de él era tener una cita, y el de ella era ayudarlo a tacharlo de su lista.
Con eso en mente, se acomodó tranquilamente sobre sus piernas.
—He subido de peso últimamente, puede que esté un poco pesada. ¿Seguro que tu pierna lo soporta?
La pierna izquierda de Lucio había mejorado bastante. Salvo algún dolor punzante ocasional, no le afectaba en su día a día.

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