—No tengo.
Úrsula pronunció esas dos palabras y empujó la puerta para cerrarla.
Para su sorpresa, Nomi bloqueó la entrada metiendo un pie y luego coló la mitad de su cuerpo de manera muy agresiva:
—¿Cómo que no? Si te casaste con puros magnates, no me salgas con tacañerías, es solo un regalo.
Apretó las manos contra la hoja de la puerta para que no cediera:
—¡No me importa, tú tienes que darme algo!
Parecía muy dispuesta a montar un campamento ahí mismo si no conseguía lo que quería.
Ambas quedaron en un tira y afloja.
Úrsula suspiró y dijo en voz baja:
—Quédate esperando ahí afuera.
Se dio media vuelta y caminó hacia el interior del cuarto.
Nomi se cruzó de brazos, recargándose contra el marco, soltando una risita arrogante.
Un instante después, Úrsula regresó con una mano escondida detrás de su espalda.
Nomi estiró el cuello, rebosante de curiosidad:
—¿Por qué tanto misterio? ¿Qué tienes ahí?
Creía que, con el matrimonio que Úrsula había conseguido, cualquier estupidez que le diera tendría que ser carísima.
Úrsula señaló hacia el pasillo:
—Hazte para atrás, o no te lo doy.
Nomi hizo una mueca, pero retiró su cuerpo de la puerta.
—Atrápalo. —Justo cuando Nomi dio el paso atrás, Úrsula arrojó una pequeña cajita cuadrada que ocultaba y, antes de que tocara el suelo, cerró de un fuerte portazo. Click. Le echó seguro a la chapa.
—¡Diablos!
Aunque a Nomi le había hervido la sangre por esa grosería, se agachó muy entusiasmada a recoger el paquete, soñando con collares de perlas y anillos de diamantes.
Pero en cuanto quitó la tapa, todas sus ilusiones se fueron directo a la basura.
Un segundo después, Nomi aventó el contenido y la caja directo contra la madera de la puerta, creando un estruendo terrible.
Nomi estaba verde del coraje y comenzó a rugirle a la puerta con todo el volumen de sus pulmones:
—¡Me estás viendo la cara de tonta, Úrsula!
Nomi caminó hasta llegar a su propio dormitorio y cerró, tragándose cualquier otra víbora que hubiera intentado escupir.
Úrsula se mantuvo petrificada detrás de su puerta, con los ojos entrecerrados.
Un largo rato después, su cuerpo tan frágil se deslizó por la madera hasta terminar en el piso, abrazándose a sus propias rodillas.
Escondió su rostro entre los brazos.
A la mañana siguiente, muy temprano, empacó sus cosas, dispuesta a regresar al departamento en la ciudad donde acostumbraba vivir sola.
Wilfredo y Natalia ya se habían ido a la empresa, Hugo estaba en su recámara intentando exprimir las musas para sus cuadros, y Nomi aún no daba señales de vida. En el comedor, solo estaba Sonia desayunando.
Úrsula bajó las escaleras vistiendo un conjunto de falda color lino sin mangas, con su usual bolso rojo colgado del hombro.
Sonia la llamó:
—Ven a desayunar primero.
Úrsula dejó la mochila de lona sobre el sillón, caminó hacia el comedor y se sentó.
Una empleada que montaba guardia en el vestíbulo se acercó rápido para servirle un plato de desayuno.
Úrsula lo sostuvo con las dos manos:
—Puedo servirme yo sola, ve a tomar un descanso.

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