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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 1

POV Evania

Llevé la mano a mi mejilla ardiente, sintiendo el ardor de la piel donde el golpe aún escocía, pero me negué a soltar la sábana que apretaba desesperadamente contra mi pecho desnudo.

El aire en la habitación era denso, sofocante, viciado por la culpa.

De pronto, Constanza se quitó el anillo de compromiso con un movimiento brusco, lleno de rabia descontrolada, y lo lanzó al suelo con violencia.

El metal chocó con la madera con un chasquido seco que resonó en mis oídos como una condena.

—¡No quiero saber nada de ustedes dos! —gritó con la voz quebrada por el desprecio, mirándome como si yo fuera la criatura más vil del planeta—. ¡Han muerto para mí! ¡Los odio!

Sin mirar atrás, Constanza salió corriendo del dormitorio.

Las lágrimas me nublaban la vista por completo y no podía dejar de llorar; un llanto ahogado, torrencial, que me desgarraba la garganta.

Escuché los pasos apresurados de mi padre y mi hermano, quienes corrieron tras ella intentando evitar que cometiera una locura, dejando el lugar en un silencio espantoso.

Me quedé allí, absolutamente sola en medio del caos, tiritando sobre el colchón.

Todo lo que podía sentir en ese instante era un miedo paralizante, una vergüenza corrosiva que me quemaba las entrañas y un dolor punzante en el centro de mi corazón.

Me sentía despojada, sucia, convertida en el monstruo de una historia que ni siquiera entendía cómo había comenzado.

Junté las pocas fuerzas que me quedaban, tomé la ropa que yacía desparramada por el suelo y fui corriendo al baño.

Cerré la puerta con seguro y, con las manos temblando de forma descontrolada, comencé a vestirme a toda prisa.

Mi corazón latía tan rápido.

El botón de mi blusa se me escapaba entre los dedos torpes, mientras las lágrimas continuaban resbalando sin freno por mi mentón.

Cuando finalmente salí del baño, intentando no hacer ruido, mi mirada cayó de manera inevitable sobre la cama revuelta.

Sobre la blancura de las sábanas de seda, destacaban con crueldad unas pequeñas manchas de sangre.

—No… no lo hice… —logré articular, suplicando con la mirada por un poco de piedad.

—¡Arruinaste mi vida para siempre, Evania! —gritó fuera de sí—. Pero, esto… fue mi culpa…

Me soltó.

Caí sobre mis rodillas, tosiendo.

Lisandro se pasó las manos por la cabeza, dándome la espalda con absoluto desprecio.

No esperé ni un segundo más.

Me levanté como pude y salí corriendo de esa habitación del infierno.

Crucé los pasillos a ciegas. No quería mirar atrás

Él pensaba que yo había arruinado su futuro y su compromiso, pero la verdad era infinitamente más cruel: la única vida que había quedado completamente destruida era la mía.

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