POV Evania
A la mañana siguiente desperté antes de que sonara la alarma.
Abrí los ojos y durante unos segundos me quedé mirando el techo, completamente inmóvil.
Me levanté de la cama y caminé directamente hacia el baño.
Necesitaba comenzar de nuevo.
Me duché rápidamente y, cuando terminé, abrí el armario.
Elegí un traje sastre elegante.
Quería verme bien. Me miré frente al espejo.
Odié mis ojeras.
Eran la prueba de una noche prácticamente sin dormir.
Tomé el maquillaje y comencé a cubrirlas con cuidado.
Base. Corrector. Un poco de rubor. Delineador. Máscara de pestañas.
Y, finalmente, un labial color cobrizo.
Me observé nuevamente.
Seguía cansada.
Pero había algo diferente en mis ojos.
Determinación.
—No... —murmuré.
Respiré profundamente.
—No voy a volver a caer por el amor de un mal hombre.
Tomé mi bolso.
—Nunca más.
Me quedé mirando mi reflejo.
—Lisandro, ayer me quedó claro lo que vales. Y yo valgo demasiado para un barato amor como el tuyo.
Tomé las llaves y salí de la habitación.
Aquella mañana llevé a los niños al colegio.
Los despedí con un beso y una sonrisa, aunque por dentro todavía tenía un nudo en el pecho.
—Que se porten bien —les dije.
—Sí, mamá.
Los vi entrar.
Y cuando desaparecieron detrás de la puerta, respiré profundamente.
Ahora me tocaba a mí.
Subí al automóvil y conduje hacia la editorial.
Mientras avanzaba por las calles, sentía los nervios crecer dentro de mí.
Aquel día podía cambiarlo todo.
No solo para mi carrera. También para mi vida.
Había pasado años escribiendo desde cualquier lugar que pudiera encontrar.
Había escrito de madrugada.
Con niños dormidos en la habitación de al lado.
Mientras preparaba la cena. Después de discusiones. Después de decepciones.
Pero nunca había dejado de escribir.
Y ahora, por primera vez, alguien estaba dispuesto a apostar realmente por mi trabajo.
Cuando llegué a la editorial, Carlina ya me estaba esperando.
Al verme, sonrió.
—Llegaste.
—Sí.
Intenté que mi voz no revelara lo nerviosa que estaba.
Carlina me observó durante unos segundos.
—¿Estás bien?
Sonreí.
—Estoy nerviosa.
—Eso es bueno.
—¿Bueno?
—Significa que te importa.
Me reí suavemente.
—Supongo que sí.
Carlina tomó algunos documentos.
—Ven. Ya están esperando.
La seguí por el pasillo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Llegamos frente a una puerta.
Carlina se detuvo.
—¿Estás lista?
Miré la puerta.
Luego asentí.
—Sí.
Carlina abrió.
Entré.
Había dos hombres esperando.
El primero llamó inmediatamente mi atención.
Era un hombre mayor.
Debía tener alrededor de sesenta y cinco años, quizá algunos menos.
Tenía el cabello plateado, vestía con una elegancia impecable y llevaba una expresión seria.
Caminaba con un bastón y cojeaba ligeramente.
Pero lo que más me llamó la atención fue una cicatriz que atravesaba parte de su rostro.
Carlina sonrió.
—Evania, él es el señor Isaac Bertolucci. Es nuestro principal inversor.
El hombre se puso de pie.
Pero apenas me miró, su expresión cambió.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Eres...?
Su voz tembló.
—¿Eres Evania?
Fruncí ligeramente el ceño.
—Sí. Soy yo.
Fue extraño.
No entendía por qué me miraba de aquella manera.
No era la mirada habitual de un empresario conociendo a una escritora.
Había demasiada emoción en sus ojos.
Como si acabara de ver a alguien a quien llevaba muchísimo tiempo buscando.
Isaac se acercó lentamente.
Me observó el rostro.

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