POV Evania
Mi auto decidió abandonarme en el peor momento posible.
Justo cuando más necesitaba llegar a casa, comenzó a hacer un ruido extraño, avanzó unos metros y finalmente se detuvo.
—Perfecto —murmuré mientras golpeaba suavemente el volante—. Justo lo que me faltaba.
Después de todo lo que había ocurrido en los últimos días, lo último que necesitaba era quedarme tirada en medio de la calle.
Por suerte, el señor Héctor Mondragón se ofreció a llevarme a casa.
Al principio dudé.
No conocía demasiado al hombre y, para ser sincera, su apariencia podía resultar intimidante.
Era elegante, seguro de sí mismo y tenía esa clase de presencia que hacía que las mujeres voltearan a mirarlo cuando pasaba.
Tenía toda la pinta de ser un hombre acostumbrado a conquistar mujeres.
Sin embargo, había algo en su manera de hablar conmigo que me resultaba diferente.
No intentó aprovecharse de la situación.
No hizo comentarios incómodos.
Simplemente se ofreció a ayudarme.
Durante el camino comenzamos a conversar.
Fue entonces cuando mencionó al señor Isaac.
—El señor Isaac estuvo muchos años en estado vegetativo —me explicó Héctor—. Hace aproximadamente tres años finalmente despertó y comenzó un largo proceso de recuperación.
Lo miré sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
Héctor mantuvo la mirada en el camino.
—Ha luchado muchísimo durante estos años.
Hubo algo en la manera en que lo dijo que me hizo guardar silencio.
—Durante mucho tiempo temí que la depresión terminara llevándoselo —continuó—. Había días en los que no quería hablar con nadie. No quería comer. No quería hacer nada.
Sentí un pequeño nudo en la garganta.
—Lo siento mucho.
Héctor sonrió ligeramente.
—Entonces descubrió tus historias.
Me quedé mirándolo.
—¿Mis historias?
—Sí.
Asintió.
—Comenzó a leer novelas en internet y, de alguna manera, terminó encontrándote.
No pude evitar sonreír.
—¿En serio?
—En serio.
Su expresión se volvió más cálida.
—Dice que tus historias lo ayudaron a volver a sentirse vivo.
Aquellas palabras me golpearon de una manera que no esperaba.
Durante años había escrito pensando que simplemente estaba contando historias.
A veces ni siquiera estaba segura de si realmente valía la pena continuar.
Había días en los que me sentía agotada, días en los que pensaba que mis palabras no significaban demasiado para nadie.
Pero descubrir que alguien había encontrado consuelo en ellas… Eso era diferente.
—No sabía que podía hacer algo así —murmuré.
—Él sí lo sabe.
Héctor sonrió.
—Por eso quiere ayudarte. Quiere cumplir tu sueño.
—Además, tienes talento. No quiere regalarte nada que no merezcas. Simplemente quiere darte una oportunidad.
Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse.
Había pasado demasiado tiempo escuchando que no podía.
Que no era suficiente.
Y ahora un hombre que ni siquiera conocía personalmente quería ayudarme porque mis historias habían significado algo para él.
Héctor me miró durante unos segundos.
—¿Puedo felicitarte con un abrazo?
Me sorprendió la pregunta. No era lo que esperaba de él.
Y quizá por eso acepté.
Me acerqué y lo abracé.
Al principio fue un gesto sencillo.
Pero sentí algo inesperado.
Una calidez tranquila.
Solo un abrazo.
Quizá por eso me permití disfrutarlo.
Entonces escuché el sonido de una puerta de automóvil cerrándose.
Mi cuerpo se tensó.
Una voz llegó desde unos pasos detrás de nosotros.
—¿Interrumpo?
Me separé inmediatamente.
Reconocí aquella voz antes de siquiera girarme.

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