POV Lisandro
Mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que podía escucharlo.
No sabía qué me estaba pasando.
Tenía rabia. Miedo. Frustración.
Y sí… Celos.
Celos que me estaban consumiendo por dentro.
La imagen de Evania abrazando a aquel hombre no dejaba de repetirse en mi cabeza.
Sus brazos alrededor de ella.
La forma en que Evania le había sonreído.
La tranquilidad con la que lo había despedido.
Todo me había hecho sentir una desesperación que no sabía cómo controlar.
Quería volver atrás. Quería acercarme a ella y abrazarla.
Quería decirle que no soportaba imaginarla con otro hombre.
Pero ya no tenía derecho.
Eso era lo peor. Yo mismo había destruido ese derecho.
Yo había firmado el divorcio.
Y, aun así, cuando imaginaba a Evania con otro hombre, sentía que la sangre me hervía.
Era absurdo.
Ella tenía todo el derecho de rehacer su vida.
Pero mi corazón no parecía entenderlo.
Entonces recordé su rostro cuando me apartó.
Recordé sus palabras.
«Ya no soy tu esposa.»
Sentí un vacío en el pecho.
Ella tenía razón.
Habíamos llegado al punto en que dos personas podían mirarse como desconocidos.
La vi alejarse hacia la puerta de su casa.
Quise detenerla.
—Perdóname.
Evania se detuvo.
Por un instante pensé que se giraría.
Pero no lo hizo.
Permaneció de espaldas a mí.
Tragué saliva.
—Ayer dije cosas de las que me arrepiento.
Mi voz sonó más débil de lo que esperaba.
—Quisiera no haberlas dicho nunca.
Ella seguía inmóvil.
—Sé que no fuiste tú quien le dijo esas cosas a Constanza.
Finalmente se giró.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió. Pero aquella sonrisa no tenía nada de alegría.
Era una sonrisa amarga. Una sonrisa que me provocó un escalofrío.
—Ahora sí puedes ahorrarte esta disculpa.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Evania…
—No te perdono.
Sus palabras fueron tranquilas.
Precisamente por eso dolieron más.
—Sencillamente, ya no me importa.
Me quedé sin palabras. Había esperado que me gritara. Que me insultara.
Incluso que me golpeara.
Cualquier cosa habría sido más fácil de soportar que aquella indiferencia.
—No quiero lastimarte —dije.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces vete.
—Evania…
—No hagas esto.
Su mirada se endureció.
—No sigas mirando hacia atrás.
Me quedé callado.
—El divorcio ya está firmado.
Cada palabra cayó sobre mí como una piedra.
—Ya no somos nada.
Respiró profundamente.
—Solo somos los padres de nuestros hijos.
Entró en la casa.
La puerta se cerró.
Me quedé frente a ella.
Sin saber qué hacer.
Dios…
¿Cuándo había comenzado a tratarme como a un extraño?
¿Cuándo dejó de verme como el hombre al que amaba?
Y, peor aún…
¿En qué momento había sido yo quien había provocado todo aquello?
Permanecí allí varios segundos.
Sentía un vacío tan grande que parecía imposible llenarlo.

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