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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 9

POV Evania

—¿Casarnos?

La palabra salió de mis labios casi como un susurro.

Por unos segundos me quedé inmóvil, mirando a Lisandro sin saber qué responder.

Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta la espalda.

Casarnos.

Aquello no era lo que había imaginado para mi vida.

Apenas tenía dieciocho años. Ni siquiera sabía quién quería ser, qué quería hacer con mi futuro o qué clase de mujer deseaba convertirme.

Y ahora estaba embarazada. Ahora tenía un hijo.

Y el hombre que estaba frente a mí me estaba diciendo que debíamos casarnos.

—Es por nuestro hijo, Evania —dijo Lisandro con una calma que me desesperaba—. Por él, que es inocente. Por él debemos hacer sacrificios.

Sacrificios. Aquella palabra me dolió más de lo que debería.

Porque yo ya sentía que estaba sacrificando todo.

Incluso la posibilidad de decidir por mí misma.

Bajé la mirada y llevé una mano hasta mi vientre.

Todavía era pequeño, pero para mí ya significaba el mundo entero.

Mi bebé. No podía perderlo.

—No tenemos que casarnos —murmuré.

Lisandro me observó durante unos segundos.

—Sí tenemos que hacerlo.

—Pero...

—Evania, mírate. Tienes dieciocho años. ¿De verdad crees que si esto termina en un juicio te dejarían criar a nuestro hijo? —Su voz se endureció—. Si tú y yo nos enfrentamos ante un juez, cualquier abogado podría argumentar que eres demasiado joven, que no tienes estabilidad suficiente. Yo podría pedir la custodia y, probablemente, me la concederían.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No...

—No estoy amenazándote. Estoy diciéndote la realidad.

Negué rápidamente con la cabeza.

—No pueden quitarme a mi hijo.

—Entonces tenemos que protegerlo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

No podía permitir que nadie me quitara a mi bebé.

—Está bien —dije finalmente, con la voz quebrada—. Me casaré contigo.

Lisandro no sonrió.

Yo tampoco.

—Pero nadie me quitará a mi hijo.

Él sostuvo mi mirada.

—Nadie lo hará.

Quise creerle.

De verdad quise hacerlo.

Pero una parte de mí ya presentía que aquella boda no sería el comienzo de una historia de amor. Sería un contrato.

**

Cuando finalmente me dieron de alta, Lisandro estaba esperándome.

Yo apenas había cruzado la puerta cuando se acercó.

—Te quedarás en casa.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—No vas a volver a casa de tus padres.

Sentí un nudo en el estómago.

Antes de que pudiera responder, escuché unos pasos detrás de mí.

Mi madre apareció en el pasillo.

Su rostro estaba desencajado de furia.

—Ella viene conmigo, señor Santillán.

Lisandro se giró hacia ella.

—Ella es la madre de mi hijo. Le advierto que nadie va a dañar a mi hijo.

Miré a mi madre.

Tenía los ojos llenos de rabia.

Y aquello me destrozó.

Entonces apareció mi padre.

Al verlo, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me encogí ligeramente y bajé la mirada.

—¿Se casará con ella, señor Santillán? —preguntó.

Lisandro respondió sin titubear.

—Lo haré.

Mi padre soltó una risa amarga.

—Ella es una mujerzuela.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—A partir de hoy, no tiene nada que ver con nuestra familia —continuó mi padre—. No recibirá un solo centavo de la herencia familiar. Si la quiere, recógela. Llévesela como la basura que es. Pero debe saber algo: para nosotros, ella ya no existe.

Las lágrimas comenzaron a caerme. No podía detenerlas.

—Papá...

Él ni siquiera me miró con ternura.

Solo había decepción.

Lisandro permaneció en silencio durante unos segundos. Luego miró a mi padre.

No entendí aquella expresión en sus ojos.

—Señor Monterrosa, está bien. Pero si va a tratarla de esa manera, tampoco tendremos más negocios entre nosotros.

Mi padre levantó la barbilla.

—Como quiera.

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