Al verla tan tensa, Mauricio se echó a reír.
—Sí que deberías estar asustada. Tu jefe está al borde del colapso de tanto trabajar, y tú, su empleada, estás aquí comiendo tranquilamente. Capaz que cuando vuelvas te despida.
Ella lo miró a medias entre dudar y creer, con el ceño fruncido por la angustia.
—No será para tanto... ¿o sí?
Mauricio soltó una carcajada.
—Te estoy tomando el pelo.
Aun así, ella seguía intranquila. Después de todo, Renato ya estaba buscando cualquier excusa para echarla de la corporación.
Al notar su genuina preocupación, Mauricio dejó escapar un suspiro de resignación.
—¿Quieres que vaya a saludar a tu jefe y le explique la situación?
Ella agitó las manos con desesperación.
—No, no, ni se te ocurra.
Terminaron de comer, pero no tenían prisa por irse. Esperaron a que el grupo de Renato también terminara, y salieron del restaurante justo detrás de ellos.
Renato tenía piernas largas y caminaba a paso rápido. Apenas pusieron un pie afuera, Magdalena corrió a alcanzarlo.
—¡Presidente Jiménez, espere!
Los tres hombres se detuvieron y voltearon a verla. Apenas se acercó, la asistente de Johnson le dijo con una gran sonrisa.
—Señorita Magdalena, ¿ese es su novio? Tiene muy buen gusto, eh.
Sus mejillas se tiñeron de rojo al instante.
—No, él es...
—No te avergüences, todos somos adultos. Es normal tener pareja. Pero hablando en serio, tienes muy buen ojo, el tipo es un bombón —la interrumpió la asistente, con una mirada cómplice de que todas lo entendían.
Magdalena elevó la mirada al cielo, sin saber qué decir. ¿Acaso los estadounidenses siempre sacaban conclusiones tan rápido?
Desde la distancia, Mauricio notó su cara de sufrimiento. Apagó su cigarrillo y caminó hacia ellos a paso firme. Al acercarse y ver su expresión lastimera, le dio un suave golpecito en la frente antes de extenderle la mano a Renato.


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