Beatriz invitó a Gloria a sentarse y le pidió a la empleada que trajera algo de tomar.
—Señora Vargas, por favor, tome un té —ofreció Beatriz.
Gloria dio un sorbo a su taza y fue directo al grano.
—Señora Sarmiento, hace un tiempo Andrés canceló su compromiso con Magdalena por problemas en nuestra empresa. Hoy vine porque me gustaría retomar los planes de boda de estos dos muchachos.
Tenía tanto miedo de que alguien más se quedara con la nuera perfecta, que le había insistido mil veces a su hijo que invitara a Magdalena a cenar, pero él siempre le daba largas. Por eso había decidido tomar las riendas del asunto.
Tanto Magdalena como Beatriz se quedaron heladas. Magdalena se frotó la frente; sus peores sospechas se habían hecho realidad.
Beatriz miró a su hija y, tras meditarlo un instante, respondió con tacto:
—Señora Vargas, lo de la boda de los chicos... creo que es mejor que lo dejemos por la paz.
—¿Por qué? —preguntó Gloria, atónita.
Beatriz no sabía cómo explicarlo. Magdalena ya se había casado con Renato Jiménez, aunque aún no celebraban la fiesta. Si le decía la verdad a Gloria, seguro pensaría que lo habían hecho por conveniencia para aprovecharse del estatus de la familia Jiménez.
Al notar su incomodidad, Gloria insistió:
—¿Ocurre algo malo?
Magdalena se sentía terrible. Decirle que todo había sido una farsa sería demasiado cruel, así que optó por seguir con la mentira.
—Señora, la verdad es que Andrés y yo terminamos.
—¿Acaso te hizo algo? —Gloria adoraba a Magdalena desde que la conoció—. Si fue así, dímelo y te juro que al llegar a casa le daré su merecido.
—No, no es eso —respondió Magdalena, apretando los labios.
Pensando en los chismes de su hijo, Gloria intentó defenderlo:

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