Al salir de la Residencia Sarmiento, Magdalena llamó a Andrés Vargas, le explicó lo que había pasado y le exigió que inventara una excusa para aclararlo todo con su familia.
Últimamente, Gloria lo tenía tan harto con el tema que Andrés estaba a punto de mudarse de su casa. Miró el reloj, dándose cuenta de que su turno estaba por terminar.
—Veámonos para pensar en algo —dijo él.
Acordaron verse en el Restaurante Palermo. Magdalena llegó antes, dio el nombre de Andrés y el mesero la guió a un salón privado. Como era temprano, pidió un té para hacer tiempo.
Mientras sostenía la taza para calentarse las manos, trataba de idear un plan. Si Andrés le contaba la verdad a sus padres, seguro lo desheredaban del coraje.
Media hora después, la puerta se abrió y entró Andrés, luciendo un traje azul oscuro con una corbata a rayas grises. Se aflojó la corbata y se dejó caer en una silla.
—¿Ya pediste de comer?
Magdalena le sirvió un poco de té y empujó la taza hacia él.
—No, te estaba esperando.
Andrés miró al mesero que estaba en la puerta.
—El menú.
El joven mesero se acercó y les entregó uno a cada uno. Andrés comenzó a hojearlo.
—Vamos pidiendo, no hay que esperarlo.
Magdalena frunció el ceño. ¿Esperarlo? ¿A quién?
El primer nombre que cruzó por su mente fue Lázaro Guzmán. Pero dada su situación actual, ver a Lázaro solo causaría incomodidad. Andrés debía saberlo, así que no creía que lo hubiera invitado.
Andrés notó que estaba distraída y la llamó por su nombre. Al no obtener respuesta, golpeó la mesa con los nudillos un par de veces.
—¡Oye, reacciona! Pide algo, ¿en qué tanto piensas?
—Ah, sí —murmuró ella, y tras revisar las opciones, le devolvió el menú al mesero.
El Restaurante Palermo era propiedad de la familia Vargas, así que Andrés conocía el menú de memoria. Se recostó en su silla y empezó a soltar una larga lista de platillos a una velocidad que el mesero apenas podía seguir.

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