Al ver que Renato no tenía intención de responder, Magdalena contestó por él:
—Así es.
Darío asintió, formando una sonrisa cautivadora, y bromeó con tono burlón:
—Si Adán te busca por trabajo, tiene sentido. Pero, ¿qué hace trayendo a su hija? ¿Acaso intenta usar sus encantos para convencerte?
Renato apretó los labios y le lanzó una mirada fría a Magdalena, dándole a entender que era una entrometida.
Los ojos de Magdalena se movieron levemente y esbozó una pequeña sonrisa:
—Presidente Jiménez, si no necesita nada más, me retiro.
Darío observó cómo se alejaba con una sonrisa intrigada. Cuando la puerta de la oficina se cerró, comentó:
—Deberías ser más amable con las mujeres. Con esa cara de amargado que pones a cada rato, ¿planeas quedarte solo toda la vida?
Renato lo miró de reojo, con los labios apretados:
—Si no tienes nada mejor que hacer, vete a casa a cuidar a tus dos hijos.
Al mencionar a sus pequeños, la sonrisa de Darío se ensanchó. Estiró sus largas piernas y se bajó de la esquina del escritorio:
—Te equivocas, ahora son tres.
Renato entornó los ojos lentamente y una leve sonrisa se dibujó en su rostro:
—Lo había olvidado. Tienes razón, también debes consentir a tu esposa. Al fin y al cabo, casi das la vida por ella.
La mirada de Darío se oscureció y su sonrisa se desvaneció al recordar el pasado. Una punzada de amargura le oprimió el pecho.
—Me voy —tomó las llaves de su auto, dio un par de pasos, se detuvo y miró a su amigo, que seguía con su expresión impasible—. Han pasado muchos años. Hay cosas que es mejor dejar atrás. Deja de torturarte.
Después de que se fue, Renato se quedó en silencio, con la mirada perdida. Luego, encendió un cigarrillo y le dio una calada profunda. El humo escapó lentamente de sus labios, intentando calmar la ansiedad en su pecho.


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