—¿Hermana? —La voz clara y suave temblaba ligeramente, sonando dulce a los oídos.
Desde el primer vistazo le agradó esa hermana a la que nunca había visto. Su aspecto frágil y dócil despertaba un deseo incontenible de protegerla.
Fátima asintió:
—Sí, soy tu hermana. A partir de hoy vivirás aquí. Si alguien te molesta, dímelo y me encargaré de darle su merecido.
Al decir esto, lanzó una mirada intencionada a una de las criadas que estaba cerca. Sus ojos reflejaban una severa advertencia que hizo temblar a la mujer y bajar la cabeza de inmediato.
Cuando Magdalena fue introducida en la sala, aquella empleada había visto su ropa humilde y la había mirado con desdén.
La pequeña parpadeó con picardía:
—Hermana, eres más brava que nuestros profesores.
Fátima no supo si reír o llorar ante el comentario.
Más tarde, Beatriz le explicó en detalle por qué habían enviado a su hermana al campo, a Villa del Sauce, en lugar de criarla en la lujosa mansión Sarmiento.
Desde aquel instante, decidió que protegería y consentiría a su hermana para que no volviera a sufrir ninguna injusticia. Todo lo compartía a la mitad con ella e incluso intercambiaban ropa.
En aquella época, su relación era tan cercana que se contaban de todo.
Una noche, apenas se había acostado, la puerta de su habitación se abrió y asomó una cabecita:
—Hermana, ¿ya estás dormida?
Fátima encendió la lámpara de la mesita de noche. En la puerta estaba Magdalena con un pijama de dibujos animados. Extrañada, le preguntó:
—¿Por qué sigues despierta?
Magdalena entró en la habitación y se coló bajo sus sábanas:
—Es que no tengo sueño.
Viendo la emoción que irradiaba su carita, Fátima entrecerró los ojos con una sonrisa:
—Yo más bien creo que estás tan emocionada que no puedes dormir.
Al verse descubierta, Magdalena hizo un puchero y murmuró, nerviosa:
—Claro que no.

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