Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, envolviendo a Bella Vista en una atmósfera deslumbrante bajo el manto fresco de la noche.
En la sala de la mansión Sarmiento, Fátima Sarmiento y Beatriz jugaban con la pequeña Reina Guzmán. Reina ya casi cumplía dos años y decía palabras sencillas; aunque su pronunciación no era perfecta, se le entendía bastante bien.
Lázaro Guzmán estaba sentado en un sillón individual, sosteniendo una taza, mirando la televisión de forma distraída. De vez en cuando, miraba hacia la entrada. Las risas a su alrededor no lograban calmar la ansiedad en su pecho.
Fátima le dio unas galletas a Reina y, al levantar la vista por casualidad, notó que Lázaro estaba mirando fijamente el pasillo de la entrada. Siguió su mirada y vio que ya había oscurecido.
Miró el reloj en la pared. Eran las nueve en punto.
—¿Por qué Magdalena no ha regresado?
Beatriz acarició las mejillas regordetas de Reina.
—Solo es una asistente, no entiendo por qué tiene tantos compromisos de trabajo.
Lázaro estaba tan sumido en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que su taza estaba inclinada y el líquido a punto de derramarse. Mucho menos escuchó lo que decían.
Fátima intentó llamar por teléfono, pero nadie contestó. Se acercó a Lázaro, le quitó la taza de las manos y la puso sobre la mesa.
—Magdalena no contesta el celular. No sé si le pasó algo, deberías ir a buscarla.
Lázaro levantó la vista, confundido. Sus ojos oscuros parecían preguntar qué le había dicho.
Fátima repitió sus palabras y él se levantó lentamente para caminar hacia la salida.
Las enormes puertas de hierro de la familia Sarmiento se abrieron lentamente para dejar entrar el auto de Andrés Vargas. Los árboles a los lados del camino susurraban con la brisa nocturna.
Andrés estacionó a un lado, bajó del auto y le abrió la puerta a Magdalena, observando cómo bajaba con dificultad.
—¿Puedes sola?
—Si no puedo, ¿me vas a cargar? —Le dolía el pie y el estómago, era una tortura.
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