Magdalena salió por la puerta de arribos arrastrando su equipaje. Wendy, que ya la esperaba, se acercó a recibirla. Magdalena se quedó helada al verla.
—¿Wendy? ¿Viniste a recogerme?
—Sí, vine por ti. —Esa misma mañana, Camilo la había llamado pidiéndole que fuera al aeropuerto al mediodía.
Magdalena tenía una expresión de completo asombro. Ella no era una ejecutiva importante como Renato, ¿por qué le enviarían a alguien a recogerla al aeropuerto?
Wendy tomó el asa de la maleta.
—Hoy no tienes que ir a la oficina, ve a casa a descansar.
En realidad, Wendy era una mujer muy atractiva y tenía una figura envidiable, con curvas en los lugares correctos. Sin embargo, siempre llevaba unos lentes que le cubrían media cara y casi nunca sonreía, lo que le daba un aire muy estricto.
El auto de Wendy estaba aparcado a la salida del aeropuerto. Ambas subieron y Wendy la llevó de regreso a la mansión de la familia Sarmiento.
Su regreso repentino no le había dado tiempo de avisar a casa. Cuando Teresa la vio entrar con el equipaje, se apresuró a ayudarla.
—Señorita Magdalena, no avisó que venía, le habría dicho a don Bruno que fuera a buscarla.
Magdalena se cambió los zapatos en el recibidor.
—La empresa envió a alguien a recogerme.
Beatriz bajó por las escaleras. Parecía recién despertada de su siesta, con un aire de elegante letargo. Magdalena la llamó "mamá" y Beatriz la guio hasta el sofá para sentarse juntas.
—¿Estás cansada?
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—No, no lo estoy.
Su viaje a Ribera Alta había sido, en esencia, un trabajo de asistente. Como no había tenido que correr entre la obra y la sucursal, realmente no se sentía agotada.
Al bajar del avión, se le había olvidado encender el celular. Al revisarlo, notó una llamada perdida de un número desconocido durante el vuelo. El identificador indicaba que era de Valle Niebla, pero, tras mirarlo varias veces, no logró reconocerlo.
A las cinco y cuarto de la tarde, Octavio Sarmiento llegó a casa. Magdalena y su madre charlaban en el sofá. Octavio se cambió los zapatos en la entrada y caminó hacia la sala.
—Papá —lo saludó Magdalena.
Él soltó un murmullo y se quitó la chaqueta, que una empleada recogió para colgarla en el recibidor.
Magdalena ya estaba acostumbrada a la actitud indiferente de su padre. Octavio se sentó en un sillón individual y ella le sirvió una taza de la bebida caliente que reposaba en la mesa.
Sin rodeos, él sentenció:
—Esta noche cenaremos con la familia del director Zacarías.
Magdalena se quedó paralizada. Con el viaje a Ribera Alta se había olvidado por completo del asunto. Apenas acababa de regresar y él ya estaba tan desesperado por casarla.

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