Al verla inmóvil, Renato la miró de reojo. Su voz profunda y seductora arrastraba una ligera molestia:
—Sube al auto, tengo prisa.
Era la primera vez que le dirigía la palabra en días. Su inconfundible tono fue claro y pausado, atravesándole los tímpanos con fuerza.
Llevaba su clásico traje de tres piezas, pero hoy vestía una camisa negra. Con sus hombros anchos y cintura estrecha, parecía un modelo natural, al que cualquier color le sentaba de maravilla.
Con camisa blanca lucía elegante y aristocrático; con camisa negra, emanaba un aura fría y distante, como si acercarse a él significara caer en un abismo sin fondo.
Camilo regresó al asiento del conductor y, al ver que ella seguía afuera, la apresuró:
—Magdalena, sube rápido, se nos hace tarde.
Magdalena se agachó y entró al coche. Con el sonido de la puerta cerrándose, el aire del interior pareció volverse pesado de golpe, asfixiándola ligeramente.
Era imposible que ella no sintiera la actitud gélida e indiferente del hombre sentado a su lado. Simplemente no lograba entender qué había hecho para enfurecerlo.
El primer día en Ribera Alta todo había estado perfecto; el cambio ocurrió justo después de que ella fue a la obra a llevarle el almuerzo.
Desde entonces, cuando estaban frente a frente, él no mostraba ninguna emoción. Con los días se volvió más distante y ahora, incluso, la obligaba a regresar antes de tiempo a Valle Niebla.
Repasó en su mente todo lo sucedido en esos días y llegó a la conclusión de que su mal humor se debía a la lesión que había sufrido por culpa de ella.
Por lo general, las personas de mal humor que actúan de manera irracional son imposibles de entender, así que decidió no tomarle importancia. Mientras estaba sumida en sus pensamientos, el auto se detuvo en el aeropuerto.
Camilo estacionó a un lado.
—Llegamos. —Se bajó para sacar el equipaje.
Al abrir la puerta, Magdalena miró de reojo a Renato. Tenía los ojos cerrados, no sabía si dormido o no. Su mano izquierda descansaba a su costado, sin vendajes; la herida ya había formado costra.

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