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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 304

Al ver que Renato no pronunciaba palabra, la paciencia de Susana llegó a su límite y soltó:

—Paula y yo estábamos por aquí cerca, así que decidimos pasar a saludarte.

Luego, empujó suavemente a Paula hacia adelante para presentarla.

—Ella es Paula, la hija de Doña Rita.

Paula mantenía la cabeza ligeramente agachada, mirándolo de reojo. Con la calefacción a tope en la oficina, él solo llevaba puesta una camisa blanca. Tenía la nariz recta y perfilada, y unas facciones que, a pesar de su frialdad, lo hacían absurdamente atractivo.

Sintiendo un leve codazo de Susana, Paula abandonó sus ensoñaciones y lo saludó con su mejor sonrisa.

—Hola, presidente Jiménez, soy Paula. No sé si me recuerda.

Renato la miró sin pestañear. De pronto, la comisura de sus labios se elevó, trazando una sonrisa casi imperceptible que hizo volar el corazón de Paula de emoción.

—Espero que no se moleste porque interrumpimos su trabajo, presidente Jiménez —agregó ella, usando un tono tan dulce y considerado que daba a entender que era la mujer más prudente del mundo.

Susana, encantada con los modales de la joven, le dirigió una mirada llena de aprobación.

La sonrisa de Renato se ensanchó, pero el brillo en sus ojos se volvió gélido y cruel.

—Señorita Suárez, con la cantidad de trabajo que tengo todos los días, se me hace imposible recordar a cada mujer que me acosa. Pero a ti sí te recuerdo perfectamente. ¿Quieres saber por qué?

Que la recordara debió haber sido motivo de alegría, pero a Paula se le borró la sonrisa al instante. La sola mención de las mujeres que lo acosaban fue una cachetada de humillación.

Y, aun así, su vanidad no la dejó rendirse. Si él se había fijado en ella por encima de las demás, tenía que haber algo que la hacía especial. Si lograba potenciar eso que lo había cautivado, aún tendría posibilidades de ganarse su afecto.

Se tragó su orgullo y preguntó:

—¿Por qué?

Renato soltó una risa burlona y despiadada.

—Porque eres la única mujer con el descaro de seguir acosándome, incluso sabiendo que soy un hombre casado.

Durante días, hizo todo lo imaginable para ganarse el cariño de Susana. Parecía que el título de Señora de Jiménez ya estaba a su alcance, ¡y ahora le decían que él tenía esposa!

¿Cómo demonios se suponía que iba a soportar algo así?

Todavía lidiando con la apabullante revelación de la boda, de repente recordó las palabras que él acababa de escupirle. Se dio cuenta de que su único propósito había sido humillarla.

Su rostro se deformó; pasó del blanco al rojo de la vergüenza extrema, y sus ojos se llenaron de lágrimas de furia y frustración.

La mirada afilada de Renato volvió a enfocarse en ella.

—Si tienes el descaro de acosar a un hombre casado, no me digas que ahora no aguantas un pequeño desaire.

—¡Renato! —estalló Susana, levantando la voz con dureza.

Renato le dedicó una mirada fría. Los ojos de su madre reflejaban una clara advertencia, pero él respondió con un bufido mudo, rebosante de desdén.

Paula se mordió el labio inferior con todas sus fuerzas para evitar que las lágrimas rodaran por su rostro, mordiéndose con tanta rabia que el labio perdió su color vibrante.

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