En los círculos de la alta sociedad, sobraban los hijos de familias adineradas que iban por la vida repartiendo promesas falsas. Cuando una de sus aventuras quedaba embarazada, se negaban a asumir ninguna responsabilidad. Sin embargo, como no soportaban que un hijo suyo viviera en la calle, esperaban a que naciera, se llevaban al bebé para criarlo en su mansión y le daban a la madre biológica una gran suma de dinero para que desapareciera sin causar problemas.
En una familia tan poderosa como los Jiménez, era impensable que dejaran su propia sangre por fuera, así que el miedo de Magdalena tenía bases sólidas.
Al ver su expresión tan afligida, la voz de Renato se volvió sumamente reconfortante.
—En unos días te llevaré a la mansión de la familia y así te quitaré esa tontería de la cabeza.
Estando con él, todas esas preocupaciones sobraban.
La noche se puso un poco fría. Aunque Olga se había asegurado de darle un abrigo antes de salir, Renato prefirió no arriesgarse; después de media hora, la hizo volver a la casa para evitar que se resfriara.
...
Pasaron tres días antes de que volviera a cruzarse con Susana, esta vez, en la oficina del Grupo Centauro.
Magdalena acababa de revisar unos documentos y se dirigía a entregárselos a Wendy, cuando de pronto escuchó la voz de Camilo:
—Señora, el presidente Jiménez está en una reunión importante, no tiene tiempo para recibirla ahora.
Magdalena levantó la vista hacia el corredor que llevaba a la oficina del presidente. Allí estaba Camilo, bloqueando el paso de una elegantísima Susana. Y para su sorpresa, a su lado estaba Paula Suárez, vestida de punta en blanco, luciendo impecable, deslumbrante y radiante con un atuendo de alta costura.
Que Susana fuera a la empresa tenía sentido... pero, ¿qué diablos hacía Paula ahí?
¡Y encima, acompañando a su suegra!
Susana fulminó a Camilo con la mirada.
—Hoy voy a verlo, le guste o no.
Camilo, manteniendo la calma, explicó con amabilidad:
—El presidente mencionó que regresará a la mansión esta noche. Cualquier asunto, pueden hablarlo entonces.
Susana frunció el ceño, completamente impaciente, y adoptó una postura inflexible.
—No me importa si está ocupado. Esperaré hasta que termine para hablar con él.
Al abrir la puerta, Susana se quedó paralizada. Había pensado que la excusa de Camilo de que su hijo estaba "ocupado" era solo eso, una excusa para no recibirla. Nunca imaginó que realmente estuviera trabajando.
Renato estaba discutiendo las etapas iniciales de un nuevo proyecto con dos gerentes. Justo cuando llegaban a un punto crucial, la puerta se abrió de golpe, haciéndolo fruncir el ceño, claramente molesto.
Camilo apareció detrás con cara de pánico.
—Presidente, no pude detener a la señora.
Renato no dijo nada. Se dirigió a los gerentes del proyecto.
—El esquema preliminar todavía necesita ajustes. Vuelvan a sus escritorios, revísenlo bien y enfóquense en los puntos que acabo de mencionar.
Los gerentes asintieron y se retiraron rápidamente. Susana y Paula entraron, y Camilo cerró la puerta a sus espaldas.
Renato ni siquiera se movió de su silla ejecutiva. Sus ojos recorrieron fríamente a Paula y luego se posaron en Susana.
Su rostro sin expresión y su mirada glacial hicieron temblar hasta a la propia Susana. Paula ni se atrevió a respirar; se mantuvo parada junto a ella como una niña obediente, buscando resguardo en su amuleto de protección.

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