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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 315

—Porque... —La voz que habitualmente era limpia y tranquila se volvió tan ronca que costaba entenderla y, si prestabas atención, casi se podía escuchar un sollozo ahogado en ella—. Porque nosotros le hemos hecho daño.

Desde la perspectiva de Magdalena, todo lo que él había hecho era, seguramente, una ofensa inmensa.

Fátima se quedó en el pasillo, observando a Lázaro bajar por las escaleras hasta desaparecer en la sala; después, se oyó el ruido del motor de un auto encendiéndose.

Verónica, que había estado entreteniendo a Reina en su recámara, al escuchar el eco de su plática y sus pasos alejándose escaleras abajo, asomó la cabeza y vio salir a Lázaro con la maleta en la mano.

Fátima se quedó sola un buen rato en el pasillo, hasta que la mirada de Verónica la sacó de sus pensamientos.

—Señora...

Ella bajó la vista, conservando su tono de voz calmo:

—No me llames señora nunca más. He dejado de ser la Señora Guzmán.

En el corazón de Lázaro Guzmán, el lugar de la Señora Guzmán pertenecería a esa otra persona eternamente.

Verónica siempre supo que a quien el señor amaba en realidad era a la señorita Magdalena. Ignoraba las verdaderas razones de por qué se había casado con la hermana mayor, pero viendo cómo ambos esposos dormían separados desde el primer día, supuso que sus razones tendría.

Fátima se adentró en su cuarto, donde Reina jugueteaba con sus muñecos. De pronto, se le escapó un balbuceo:

—Papá.

Fátima le acarició el cabello a la pequeña:

—Él no es tu papá.

Verónica, pensando que hablaba por despecho, intentó consolarla:

—Señora, aunque usted y el señor se hayan... distanciado, no debería hablarle así a la niña; todavía está muy pequeña.

Fátima, en cambio, la cargó en brazos y sonrió ligeramente sin contestar.

...

Cuando Magdalena regresó del baño, vio su celular vibrando sin parar en su escritorio, y en la pantalla se veía un número desconocido.

Extrañada, tomó el teléfono y se apartó a un rincón tranquilo antes de contestar:

—¿Hola?

—¿Pasa algo?

Ella ya había preparado una excusa:

—Mis compañeros y yo vamos a comer en el comedor de empleados a mediodía.

A partir de que se casaran, Magdalena siempre iba a almorzar con Renato en el comedor privado de la presidencia. A veces él estaba muy ocupado y Camilo se encargaba de llevarles la comida.

Al notar que fruncía el ceño, ella se apresuró a añadir:

—Ya no convivo para nada con mis compañeros por comer siempre contigo. No quieres que me excluyan por eso, ¿verdad?

Lo que ella decía tenía sentido y, sumado a sus ojos negros y brillantes pidiendo piedad, él no pudo evitar acceder y asintió a regañadientes.

A las doce en punto, ella y sus colegas salieron de la oficina y tomaron el ascensor para ir al comedor. Sin embargo, ella no los acompañó al salir.

Susana ya estaba en el restaurante cuando Magdalena llegó. Tomó asiento frente a ella:

—Discúlpeme por hacerla esperar, acabo de terminar mi turno de trabajo.

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