Al irse de la familia Sarmiento, Beatriz le pidió a Teresa que recogiera unas granadas para Magdalena, que no tuvo más remedio que llevárselas empacadas.
Durante el camino de regreso, Renato le preguntó de pronto:
—¿A ti te gustan las granadas?
Ella se sorprendió un poco:
—Antes me gustaban.
Renato no volvió a decir nada sobre el tema.
Aunque no se lo había preguntado, ella sintió la necesidad de aclararlo:
—Hace un rato en la mansión, me encontré con él solo por casualidad.
Él contestó de forma inexpresiva:
—Mmm.
Al notar que su reacción había sido tan fría, y dudando si estaría enojado, intentó cambiar de tema con un tono ligero:
—Qué rápido pasa el tiempo. Reina ya tiene dos años. Cuando nazca nuestro bebé, los dos van a poder hacerse compañía.
La tensión en la mandíbula de Renato se relajó un poco:
—Cuando el bebé acabe de nacer, será demasiado pequeño; más bien será como un juguete para Reina.
...
De vuelta en su casa, Fátima le pidió a Verónica que llevara a Reina a su recámara, y luego acompañó a Lázaro hasta la suya. Al entrar, Lázaro sacó de inmediato una maleta y empezó a empacar sus pertenencias.
Tras casarse con ella, él había mantenido recámaras separadas. Fátima dormía en el cuarto principal y él en el cuarto de invitados.
En ocasiones ni siquiera regresaba, y se quedaba a dormir en otra de las casas a su nombre, aquella adonde había llevado a Magdalena la noche en que ella se emborrachó.
Lázaro había contratado a los empleados de la casa pagándoles un buen sueldo para que mantuvieran la boca cerrada.
—Las que deberían irse somos Reina y yo —dijo Fátima, mirando de manera serena cómo él iba de un lado a otro—. Nosotras nos marcharemos mañana.
Lázaro sacaba su ropa del clóset, la doblaba con cuidado y la guardaba en su maleta:

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