El mayordomo se quedó en el marco de la puerta.
—Señorita, me retiro. Si necesita cualquier cosa, solo asómese a las escaleras y llámeme.
Ella se giró y le sonrió.
—De acuerdo, gracias.
Una vez que se quedó sola, dio un vistazo por la habitación. Como no había podido tomar su siesta del mediodía, el cansancio se acumuló y no paraba de bostezar. Se acostó en la cama y, en cuestión de minutos, se quedó profundamente dormida.
Al salir del trabajo, Renato se dirigió directamente de la empresa a la villa familiar. Al entrar a la sala, le entregó el abrigo que llevaba en el brazo al mayordomo. El hombre lo recibió y justo cuando se daba la vuelta para colgarlo, Renato le preguntó:
—¿Dónde está mi esposa?
El mayordomo titubeó por un instante, sin saber cómo reaccionar ante el término "esposa". Le tomó un segundo asimilarlo antes de responder:
—Está en su habitación, joven señor.
Renato caminó directo hacia las escaleras, pero la voz del mayordomo lo detuvo.
—Joven señor, su padre pidió que fuera a buscarlo al estudio en cuanto llegara.
Renato no dijo una palabra y subió directamente al tercer piso. Llegó a su habitación, giró la perilla y echó un vistazo rápido. La mujer dormía plácidamente en la cama. Cerró la puerta sin hacer ruido y bajó al segundo piso, hacia el estudio de Ignacio.
Ignacio lo había visto llegar por la ventana y lo estaba esperando. Al escuchar que tocaban a la puerta, respondió con su característica voz grave y profunda:
—Pasa.
Renato abrió la puerta, la cerró detrás de él y saludó con tono indiferente:
—Papá.
Ignacio estaba sentado detrás del enorme escritorio, fumando un puro. Un ligero olor a humo llenaba la habitación. Soltó un simple «Mmh», sin mostrar ninguna emoción en el rostro.
En ese sentido, padre e hijo eran idénticos.
Renato preguntó con su tono frío habitual:
—¿Para qué querías que viniera?
Ignacio sostuvo el puro entre dos dedos.
—Tú fuiste quien decidió venir.
Los oscuros y profundos ojos de Renato eran inescrutables. En sus labios se asomaba una sonrisa helada, casi imperceptible.

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