Renato Jiménez tenía una mirada profunda, con una sonrisa sarcástica aún asomando en la comisura de sus labios, y preguntó con un tono frío:
—Papá, ¿necesitas que diga en voz alta lo que hiciste?
—Tú... —Ignacio Jiménez lo fulminó con la mirada. Desde que el temperamento de Renato había cambiado drásticamente seis años atrás, la relación entre padre e hijo no era buena. Ambos eran muy tercos, y como Renato se negaba a ceder, a menudo terminaban en una guerra fría.
Renato apagó el cigarrillo que tenía en la mano, caminó hacia la puerta del estudio, apoyó sus largos dedos sobre la manija, abrió y se marchó.
...
Cuando Magdalena despertó, había alguien sentado al borde de la cama. El hombre llevaba una camisa negra, y su rostro apuesto y estoico lucía aún más cautivador. Al verla despertar, sus ojos oscuros se llenaron de una cálida sonrisa:
—¿Ya despertaste?
Ella parpadeó con los ojos aún somnolientos; sus mejillas blancas tenían el rubor típico de un sueño profundo. Su voz era suave y tranquila:
—¿Ya saliste del trabajo?
Él acarició su mejilla, y sus pupilas oscuras y profundas reflejaron la tierna imagen de ella:
—Sí.
¿Entonces había dormido durante mucho tiempo?
Se apresuró a levantarse, pero Renato estiró su largo brazo y la atrajo hacia su pecho. Frotó su barbilla contra la piel del cuello de ella, y su cálido aliento envolvió su oreja. Su voz era profunda y magnética:
—No hace falta que te apresures. Mientras yo esté aquí, nadie se atreverá a decirte nada.
Aunque estaba bien afeitado, la piel de ella era tan delicada que el roce la hizo sentir cosquillas. Ella encogió el cuello:
—Dejaremos una mala impresión en tus padres.
Él no la soltó y le dio un beso en el lóbulo de la oreja:
—¿No le avisé a Olga que te traería cuando yo saliera del trabajo? ¿Por qué te adelantaste tú sola?
La espalda de ella estaba pegada al pecho de él, un pecho ancho y firme, como un refugio seguro que la protegía:
—Aún estoy en la etapa de intentar agradar a mis suegros. Si esperaba a que salieras del trabajo, habrían pasado varias horas y se habrían molestado.
Él continuó preguntando:

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