Todos los presentes dirigieron su mirada hacia la puerta trasera. El primero en entrar fue el capitán de los meseros, seguido muy de cerca por Renato y Magdalena.
Renato solo llevaba puesta una fina camisa negra. Sostenía protectoramente a la mujer entre sus brazos, quien ahora llevaba el costoso saco de él sobre sus hombros. Detrás de ellos entraron dos guardias de seguridad.
La mirada de Lázaro se clavó en el rostro pálido de Magdalena; hasta sus labios habían perdido todo color. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no correr, arrebatársela de los brazos a Renato, abrazarla y susurrarle palabras de consuelo.
Daniela Toledo fue la primera en acercarse:
—Señorita Sarmiento, ¿se encuentra bien?
Magdalena parpadeó, confundida por unos segundos, y respondió:
—Sí, estoy bien. Gracias.
Renato la condujo hacia la zona de descanso y la ayudó a sentarse en un sofá. Luego, sin importarle que todos lo miraran, se agachó frente a ella, tomó sus manos congeladas y las envolvió entre las suyas.
—¿Sientes algún malestar? ¿Te duele algo?
Había estado a la intemperie un buen rato, y al darle su abrigo, solo se había quedado con la camisa. Sus propias manos tampoco estaban precisamente calientes, pero al sentir el fuerte agarre de él, Magdalena sintió que un cálido confort le inundaba el pecho.
—No, estoy bien.
El gerente del hotel se apresuró a servirle algo caliente y se lo ofreció con respeto:
—Señorita Sarmiento, tome esto.
—Gracias —Magdalena tomó la taza entre sus manos. El salón tenía la calefacción encendida, y poco a poco su cuerpo comenzó a entrar en calor, aunque su tez y sus labios seguían estando demasiado pálidos.
Al ver que Magdalena ya estaba a salvo, el Alcalde Toledo se acercó a Renato:
—Presidente Jiménez, ya que hemos encontrado a la señorita Sarmiento, ¿cree que los invitados ya pueden retirarse?
Todos contuvieron el aliento, esperando la respuesta de Renato.

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