Todas las miradas recayeron en Daniela Toledo. ¿Había sido ella quien sacó a la señorita Sarmiento con engaños?
Al notar que todos la observaban con sospecha, Daniela se apresuró a defenderse:
—¡Eso es imposible! El Presidente Jiménez y mi padre subieron a discutir unos asuntos de trabajo. Yo fui a llevarles el té y me quedé con ellos todo el tiempo. En ningún momento salí a solas con el Presidente Jiménez, él mismo puede confirmarlo.
Los ojos oscuros de Renato eran inescrutables, pero era cierto. Daniela había estado con ellos en el piso de arriba, por lo que quedaba completamente descartada.
El Alcalde Toledo se dirigió de nuevo a Magdalena:
—¿Pudo ver quién fue la persona que la empujó?
Magdalena hizo memoria, reviviendo el instante de tensión:
—No, pero escuché la voz de una mujer.
—Eso significa que la persona responsable muy probablemente es una mujer —el Alcalde Toledo se sintió abrumado. Esa noche habían asistido tantas damas de la alta sociedad, ¿cómo iban a encontrar a la culpable?
Al ver a su padre en aprietos, Daniela propuso una idea:
—¿Y si hacemos que todas las invitadas digan unas palabras? Quizás la señorita Sarmiento reconozca la voz.
Era una pésima idea. Magdalena apenas había logrado distinguir el sonido; sin mencionar que había demasiadas mujeres presentes. Tomaría horas. Además, si la culpable fingía su voz o hablaba más bajo de lo normal, sería imposible reconocerla.
Al ver cómo Magdalena fruncía el ceño, Lázaro Guzmán intervino tajantemente:
—Ese método no servirá de nada.
Renato miró a Lázaro, y Lázaro le sostuvo la mirada. Sus ojos se volvieron más gélidos, aunque su apuesto rostro mantenía su habitual serenidad.
El salón se sumió en un tenso silencio.
De repente, una voz femenina y algo tímida rompió la quietud:
—Yo sé quién fue.
Todos giraron la cabeza para buscar a la dueña de la voz.

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