Magdalena dejó la taza tibia sobre la mesa. Su mirada se detuvo un instante en la indefensa Irene, y luego se dirigió directamente a Stella:
—Esta noche tuvimos un pequeño desencuentro en el baño. Tienes motivos de sobra para haberme tendido una trampa y encerrarme en ese almacén.
La furia en los ojos de Renato era palpable. Una ola de aire frío pareció emanar de él mientras miraba a Stella con total desprecio.
Stella intentó defenderse, desesperada:
—¡Yo no fui!
Magdalena esbozó una media sonrisa, pero en sus ojos no había ni una pizca de diversión:
—Traigan al mesero y sabremos quién dice la verdad.
El rostro de Stella perdió aún más color. Un nudo de pánico se instaló en su pecho y comenzó a sudar frío.
Magdalena miró de nuevo a la joven que había hablado antes:
—Señorita, ¿cuál es su nombre?
Irene no esperaba que le preguntaran su nombre, pero respondió rápido:
—Irene Blanco.
Magdalena asintió y preguntó con lentitud:
—¿Recuerda cómo era físicamente ese mesero?
Irene asintió, evocando la imagen en su memoria:
—Medía como un metro ochenta y era muy delgado. Recuerdo que sostenía la bandeja de las copas con la mano izquierda; es probable que sea zurdo.
Los primeros dos detalles eran muy comunes, pero el último era una pista invaluable.
Renato miró al gerente del hotel. Su rostro era una máscara de hielo y su voz sonó casual, pero su tono era lo suficientemente amenazante como para helar la sangre:
—¿Tenemos a alguien así en el personal?
Había más de cien meseros esa noche, así que el gerente no lo sabía de memoria. Llamó de inmediato al capitán y, tras una breve consulta, confirmaron que efectivamente había un mesero zurdo trabajando en ese turno. Envió a los guardias de seguridad a buscarlo de inmediato.

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