Aproximadamente una hora después, Magdalena recibió la llamada del abogado Fuentes.
A él le habían cerrado la puerta en las narices y ya había dejado Residencial Los Olivos:
—Señorita Sarmiento, no pude ver a la señora Huerta.
Magdalena frunció el ceño:
—¿Javier no permite que la vean?
—La empleada me dijo que la señora Huerta no estaba en casa.
Ni siquiera lo habían dejado entrar, y mucho menos había podido ver a Lucía.
La actitud de la empleada había cambiado de forma demasiado brusca, así que era muy difícil saber si en verdad Lucía estaba o no.
Magdalena lo meditó por un instante:
—De acuerdo, lo entiendo. Lamento haberle hecho dar la vuelta en vano.
Regresó a su habitación y, a través de Carlos, consiguió el número de Javier. Llamó la primera vez y nadie contestó, pero a la segunda alguien finalmente respondió:
—¿Hola?
Ella preguntó:
—¿Javier Huerta?
Esa voz de mujer le resultaba desconocida, Javier estaba seguro de que no la conocía:
—Soy Javier, ¿quién habla?
Magdalena, que originalmente iba a exigirle que le dijera dónde estaba Lucía, cambió de idea de inmediato y suavizó su tono:
—Soy amiga de Lucía. Ella dejó algunas cosas en mi casa y me dijo que hoy pasaría a recogerlas, pero no ha venido y no he podido comunicarme con ella.
Hubo un silencio del otro lado de la línea que duró unos diez segundos, hasta que él respondió:
—Mándame tu dirección, enviaré a alguien a recogerlas.
Ella intentó sondearlo:
—¿No vendrá Lucía ella misma? ¿Le pasó algo? ¿Está enferma?

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