El rostro de Javier estaba tan distorsionado que parecía un demonio, muy lejos de aquel hombre apacible y elegante de siempre. Sus palabras, heladas y amenazantes, se sentían como una condena de muerte lenta y dolorosa:
—¿Fue Magdalena quien te convenció de pedir el divorcio?
El cuerpo de Lucía ya estaba lastimado, y después de estar sentada tanto tiempo, finalmente perdió las fuerzas y se desplomó a un lado.
Él la soltó y observó cómo caía sobre la cama:
—No importa si ella te metió esas ideas o no. De todas formas, no se saldrá con la suya.
Lucía, que no había emitido sonido alguno hasta ese momento, lo miró de repente y le preguntó con la voz ronca:
—¿Qué piensas hacer?
Javier soltó una carcajada lúgubre:
—Si ella se muere, ya no habrá nadie que te meta estas ideas, y no volverás a pensar en el divorcio ni en alejarte de mí.
Lucía lo vio como si fuera un auténtico demonio y abrió los ojos de par en par, aterrorizada:
—¡No fue ella! ¡No tiene nada que ver! ¡Fui yo quien decidió divorciarme de ti!
—A cualquiera que intente alejarte de mí no se lo perdonaré —Javier se sentó al borde de la cama, acariciando con sus dedos el rostro demacrado y pálido de ella. Su gesto era tan íntimo como el de un amante, pero su tono era gélido—. ¿Tú qué dices? ¿Hago que desaparezca sin dejar rastro en Valle Niebla, o sería mejor un accidente de auto?
Lucía observó al hombre frente a ella. Parecía una serpiente venenosa siseando y enrollándose poco a poco alrededor de su cuello, dispuesta a arrastrarla al infierno sin escapatoria. De pronto, se tranquilizó. La mano que le acariciaba la mejilla le provocaba tantas náuseas que quería vomitar, pero no tenía ni las fuerzas para apartarla:
—No te atreverías a hacer algo así.
Al escucharla, Javier enarcó una ceja y preguntó, muy interesado:
—¿Y qué cosa habría que no me atreva a hacer?
Lucía, recostada sobre la cama, apretó las sábanas con fuerza:
—No puedes ir en contra de Renato Jiménez.

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