Ella trató de calmarlo:
—Javier dice que está en la Mansión Huerta. No te preocupes demasiado, si me entero de algo serás el primero en saberlo.
Intercambiaron un par de palabras más y luego colgaron. Ella tomó su ropa de dormir y entró al baño. Al salir, vio a Renato sentado en el sofá; tenía las piernas cruzadas y una computadora portátil sobre ellas, tecleando con ambas manos.
Al escucharla salir del baño, él levantó un poco la barbilla:
—El número de la Mansión Huerta.
Magdalena siguió su mirada y notó que junto a su celular había un pedazo de papel. Se acercó a tomarlo y vio que estaba anotado un número telefónico, junto a la palabra "Huerta", escrita con trazos firmes y elegantes.
Ella se paró frente a él y se quedó contemplando al hombre absorto en su trabajo por un largo rato.
De reojo, Renato notó el dobladillo de su bata. Levantó la mirada y, al verla observándolo sin siquiera parpadear, le preguntó:
—¿Qué pasa?
Magdalena le quitó la computadora y la hizo a un lado. Luego, se sentó a horcajadas sobre él, y él aprovechó para abrazarla. Ella le dijo:
—¿No te había pedido que no te metieras? ¿Por qué me conseguiste el número de la Mansión Huerta?
Renato suspiró con resignación:
—Si hasta usaste la técnica de la huelga de hambre, ¿qué otra cosa podía hacer contigo?
Al escuchar eso, ella sonrió:
—Es que no me dejaste otra salida.
Renato le pellizcó suavemente la mejilla:
—Solo te lo permitiré esta vez, no habrá una próxima.
Ella aprovechó el momento para negociar:
—Entonces, de ahora en adelante no puedes restringir mi libertad.
Él asintió:
—De acuerdo.
...

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