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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 620

Magdalena dejó escapar una risa fría, y sus ojos se llenaron de sarcasmo y desprecio absolutos.

—Dígame algo oficial, a la medianoche, cuando su esposa duerme, ¿hay alguien más en la cama además de usted?

El joven oficial volvió a quedarse mudo por la indignación.

—¡Le exijo que se tome esto en serio y muestre respeto!

En ese instante, unos pasos firmes y pesados resonaron desde el pasillo. Un hombre sumamente atractivo entró a la sala. Su figura alta, imponente y envuelta en un aura amenazante paralizó a los presentes. Tras él entraron Camilo y el propio jefe de policía.

Renato irrumpió en la sala ignorando a todos. Se detuvo directamente frente a Magdalena, mirándola desde arriba.

Ella no levantó la cabeza. Entre la diferencia de posiciones, él solo alcanzaba a ver la oscura cabellera de su esposa.

Con sus largos dedos, le alzó suavemente la barbilla para hacerla mirarlo. Al confirmar que su rostro no reflejaba miedo ni signos de maltrato, la soltó y dirigió su atención al joven oficial.

—¿Ya terminaron el interrogatorio?

Tanto el Oficial Vega como su compañero miraban al recién llegado con incredulidad. Vega era el más impactado: sabía que Magdalena conocía a Renato Jiménez, pero jamás imaginó que su vínculo fuera tan estrecho como para que él se presentara personalmente a sacarla de la comisaría.

El joven oficial estaba tan abrumado por la tensión en el aire que no supo qué responder.

Renato llevaba su elegante traje negro sin abrigo debido a la prisa con la que había llegado. Su entrecejo estaba fruncido, y en su semblante implacable era evidente el enojo.

Al ver que su subordinado seguía paralizado, el jefe de policía intervino de inmediato:

—Sí, hemos terminado. La señorita Magdalena es libre de irse cuando lo desee.

Magdalena se enderezó en su silla, levantó su vaso de agua y, notando que ya estaba completamente fría, la dejó de nuevo.

—Hace un momento me prohibieron irme, y ahora resulta que soy yo la que ya no se quiere ir.

Renato acarició suavemente el cabello de su esposa y le preguntó con dulzura:

—¿Te trataron mal?

Ese gesto íntimo hizo que a todos los presentes se les salieran los ojos de las órbitas, para después dejar sus rostros pálidos como hojas de papel.

Magdalena respondió sin alterarse:

—¿A ti no te molestaría que te arrastraran a una estación de policía sin deberla ni temerla?

El jefe de policía se apresuró a disculparse:

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