Al entrar a la habitación, la mirada de Magdalena fue atrapada de inmediato por la cesta de frutas sobre la mesa.
—¿Tuviste visitas?
Lucía ya no miraba fijamente por la ventana en la misma posición en la que la había dejado. Sostenía una revista de dudosa procedencia en sus manos.
—El abuelo y la tía Virginia de Javier.
Sorprendida, Magdalena frunció el ceño, sus oscuros ojos achicándose con recelo.
—¿Vinieron a marcar territorio y asustarte?
Lucía negó suavemente con la cabeza.
—De toda la familia Huerta, el abuelo siempre fue bueno conmigo.
—¿Y eso qué importa? —replicó Magdalena—. ¿Si fuera tan bueno permitiría que Javier te pisoteara de esta manera?
Lucía bajó la mirada, enfocándose en la revista.
—Me pidieron que no me divorciara.
El fino rostro de Magdalena se tornó distante, y su mirada perdió toda calidez. Era indignante. Habían destrozado a esta chica física y emocionalmente, y ellos aún seguían priorizando el orgullo y el buen nombre de los Huerta. ¿Cómo tenían el cinismo de pedirle a la víctima que se sacrificara por las apariencias?
¿Es que todos en la familia Huerta tenían una piedra en lugar de corazón?
Una profunda frialdad se apoderó de sus ojos.
—¿Y tú qué les dijiste? ¿Aceptaste?
Lucía llevaba el cabello recogido descuidadamente, y un par de mechones caían sobre su rostro. Los acomodó detrás de sus orejas y su voz resonó con fuerza en aquella habitación que olía a desinfectante.
—Ya tuve suficiente de todo esto. Estoy decidida, voy a divorciarme.
Magdalena la observó fijamente durante un momento y luego se acercó para entregarle los libros.
—No sabía qué te gustaba, así que elegí algo basado en mis propios gustos. Solo es para matar el tiempo; si no te convencen, al menos servirán para distraerte.
Lucía los tomó y los colocó en su mesa de noche.
—Gracias.

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