Magdalena se quedó sola en el vestidor, retocándose el labial frente al espejo. Cuando alguien abrió la puerta, se dio la vuelta para ver quién era; un destello de sorpresa brilló en sus ojos.
Darío Gil y su esposa Silvia venían de Ribera Alta a Valle Niebla para asistir a la boda de Renato. Por culpa del tráfico, iban bastante retrasados.
Al pasar por una intersección, dos autos se cruzaron; de reojo le pareció ver a Magdalena en el auto que pasaba a su lado.
Se sintió confundido; Magdalena era la novia, debería estar en la ceremonia, ¿qué hacía en ese auto?
Aunque la había visto un par de veces, estaba seguro de que no se había equivocado, y aquella mujer aún llevaba el vestido de novia.
Giró bruscamente el volante, dio la vuelta y empezó a seguir a aquel auto. Silvia, sentada en el asiento del copiloto, le preguntó extrañada.
—¿No teníamos prisa? ¿A dónde vamos?
Darío no apartaba la vista del auto frente a ellos.
—Es probable que la boda ya sea un completo caos.
Silvia giró la cabeza para mirarlo.
—¿Cómo lo sabes?
Darío curvó los labios.
—La novia desapareció, ¿cómo no va a ser un caos?
Fátima regresó al vestidor, pero Magdalena no estaba. Fue a buscarla al baño, pero tampoco la encontró. El celular de su hermana seguía en el pequeño bolso de perlas sobre la mesa.
Fátima salió del cuarto y chocó de frente con Beatriz. Al ver su rostro angustiado, su madre le preguntó.
—Fátima, ¿qué ocurre?
—Magdalena desapareció.
—¿Crees que haya ido al baño? —preguntó Beatriz en voz baja.
Fátima sacudió la cabeza.

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