Los párpados de Asiget comenzaron a abrirse. Al principio todo era confuso, pero poco a poco su visión empezó a aclararse. Descubrió entonces que se encontraba recostada sobre una cama suave, envuelta entre sábanas cálidas. Permanecía acostada de lado, mientras observaba el entorno. La habitación era enorme y lujosa, decorada con muebles oscuros de aspecto costoso.
Asiget quiso moverse, pero antes de hacerlo notó que detrás de ella sentía cierto calor que se pegaba a su espalda como si otro cuerpo estuviera recostado junto al suyo. Al mismo tiempo, un olor embriagador invadió sus sentidos, el cual hizo que su loba reaccionara. Era el de su mate.
Confundida, tragó saliva y comenzó a girarse lentamente. Frente a ella apareció una espalda enorme, ancha y marcada por músculos perfectamente definidos. No necesitó verle el rostro para saber de quién se trataba. Todo en aquel hombre le confirmó que era Raihan, y estaba en la misma cama que él.
Asiget se sobresaltó y retrocedió unos centímetros. Después de la manera despectiva en que Raihan la había tratado, ¿por qué él dormía tranquilamente a su lado, como si tuviera derecho a ocupar aquel espacio junto a ella?
Aun así, no pudo evitar sentirse extrañamente calmada por su presencia. El aroma del Alfa albino penetraba sus sentidos hasta adormecer la ansiedad y la angustia, como si su loba encontrara refugio en él.
Poco a poco, sus párpados volvieron a hacerse pesados. El calor que irradiaba el cuerpo masculino a su lado terminó hundiéndola nuevamente en el sueño. De pronto, sentía unos brazos fuertes rodeándola, atrayéndola hacia un pecho amplio y cálido. Parecía tan real, pero cuando finalmente volvió a despertar, asumió que fue solo un sueño, pues se hallaba sola.
Se incorporó sobre el colchón y luego llevó las piernas hacia el borde de la cama, en lo que su atención se dirigió hacia la mesita ubicada a un costado. Allí había una bandeja con distintos alimentos. No se atrevía a tocar nada, no sabía si realmente estaba destinado para ella.
De repente, la puerta se abrió y vio entrar a Raihan.
—Por fin despertaste —pronunció él—. Estuviste inconsciente durante un par de días.
Los ojos de Asiget se abrieron con sorpresa.
—¿Un par de días…? —repitió aturdida. Para ella había parecido solo unas horas—. ¿Qué me pasó?
—Primero come —agregó Raihan.
Asiget llevó la vista hacia la bandeja y luego volvió a observarlo a él.
—¿Qué lugar es este? —preguntó—. Esto no parece una habitación cualquiera.
—Es mi alcoba.
—¿Es tuya? —resaltó ofuscada—. ¿Por qué estoy aquí?
—Porque necesitabas recuperarte.

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