Entrar Via

Me Divorció por Otra: Me casé con su rival romance La esposa desechable

Los gemidos venian de la habitación matrimonial.

Se quedó paralizada en el pasillo, con el pastel de aniversario en las manos y el corazón latiéndole en los oídos. Diez años de matrimonio, diez velas que nunca encendería. Reconoció la voz de inmediato, porque era la voz de Mónica, su mejor amiga desde la universidad, la mujer que le había ayudado a elegir el vestido de novia.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta, y la empujó con el codo sin pensar, sin prepararse para lo que iba a ver. Rodrigo estaba sobre ella, en su cama, en las sábanas que Valentina había lavado esa misma mañana con el suavizante que a él le gustaba.

El pastel se estrelló contra el suelo, y el ruido los hizo girar. Rodrigo la miró sin pánico, sin vergüenza, apenas con fastidio, como si Valentina fuera una molestia que había interrumpido algo importante.

—Llegaste temprano —dijo, y su voz sonó tan casual que le costó procesar las palabras.

Mónica ni siquiera se cubrió. La observó desde las almohadas con esa sonrisa condescendiente que Valentina había confundido durante años con cariño.

—Valentina, cariño —dijo, estirando las vocales como si le explicara algo a una niña—, esto iba a pasar tarde o temprano. No te lo tomes personal.

Rodrigo se levantó de la cama sin pudor alguno, caminó desnudo hacia el armario y sacó una carpeta que Valentina nunca había visto, una carpeta gruesa con el logo de un bufete de abogados que reconoció porque manejaba sus cuentas.

—Ya que estás aquí, ahorramos tiempo —dijo, extendiéndole los papeles con la misma indiferencia con la que le pasaba las facturas del supermercado.

Divorcio. La palabra la golpeó antes de que pudiera leer los detalles. Fecha de hoy, su firma ya estampada en la última página, todo listo, todo preparado mientras Valentina decoraba un pastel y planeaba una cena romántica.

—¿Tenías esto preparado? —preguntó, y su voz sonó extraña, ajena, como si viniera de otra persona.

—Desde hace tres meses —respondió él, poniéndose los pantalones con calma—. El abogado dijo que era mejor esperar a después del aniversario por temas de imagen pública. Ya sabes cómo son estas cosas.

Imagen pública. Después de diez años de matrimonio, de diez años cocinándole, limpiándole, manejándole las cuentas de la empresa familiar, Valentina era un problema de imagen pública.

—Firma, Valentina —insistió, con ese tono de quien no espera resistencia—. No compliques las cosas.

—¿Y la casa? —logró decir, porque su cerebro intentaba aferrarse a lo práctico, a lo tangible, a cualquier cosa que no fuera el dolor que empezaba a trepar por su pecho—. ¿Y mi trabajo?

Él se rio, una risa corta y cruel que nunca le había escuchado, o que quizás siempre había estado ahí y Valentina había elegido no oír.

—La casa es de mi madre, siempre lo fue. Tu trabajo es en la empresa de mi familia. ¿De verdad creías que algo de esto era tuyo?

Las rodillas le temblaban, pero se obligó a mantenerse de pie, a no darle el placer de verla caer.

—Diez años, Rodrigo —dijo, y odió el temblor en su voz, la debilidad que delataba—. Te di diez años de mi vida.

Él se acercó, y por un momento pensó que iba a disculparse, que algo humano iba a asomarse detrás de esa máscara fría. Pero lo que hizo fue peor: la miró de arriba abajo con desprecio, evaluándola como a un mueble viejo que había dejado de ser útil.

—Y yo te di un estilo de vida que no merecías —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso—. Mírate, Valentina. Tienes 34 años, ya no eres joven, ya no eres bonita, ya no sirves para darme hijos. ¿Qué esperabas, que me quedara contigo para siempre?

Las palabras entraron como cuchillos, cada una encontrando el punto exacto donde más dolía, donde Valentina misma había enterrado sus inseguridades durante años.

Mónica apareció a su lado envuelta en la bata de seda de Valentina, la que Rodrigo le había regalado en su quinto aniversario de matrimonio, y la miró con una lástima tan falsa que le revolvió el estómago.

—No seas cruel, amor —le dijo a él, acariciándole el brazo—. Valentina siempre fue demasiado simple para ti, todos lo sabíamos. Ella también, en el fondo.

La puerta principal se abrió en ese momento, y doña Carmen entró con paso firme, como si la hubieran convocado, como si todo esto fuera un espectáculo ensayado donde cada uno conocía su papel excepto Valentina.

—¿Ya firmó? —preguntó la suegra que nunca la aceptó, mirándola con el mismo desprecio que había cultivado durante una década.

La esposa desechable 1

La esposa desechable 2

La esposa desechable 3

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Divorció por Otra: Me casé con su rival