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Me Divorció por Otra: Me casé con su rival romance Capítulo 1

El interior del coche olía a cuero italiano y a algo más, algo indefinible que solo podía describirse como poder.

Se había subido sin pensar, sin preguntar, quizás porque ya no tenía nada que perder, o quizás porque él no le había dado opción. Simplemente había recogido su maleta del charco, le había abierto la puerta trasera y había esperado a que entrara con la paciencia de quien está acostumbrado a que el mundo obedezca.

—Bebe —ordenó, extendiéndole un vaso de whisky que apareció de algún compartimento oculto.

Lo rechazó con un gesto de la mano, porque necesitaba mantener la cabeza clara, porque algo le decía que iba a necesitar toda su lucidez para lo que venía.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Sebastián Duarte —respondió, y el nombre la golpeó con la fuerza de un recuerdo que no sabía que tenía.

Duarte Holdings, la empresa que había intentado comprar el Grupo Mendoza tres veces en los últimos cinco años. El hombre que doña Carmen mencionaba como si fuera el demonio encarnado, cuyo nombre provocaba silencios incómodos en las cenas familiares. El competidor más feroz de su exmarido, el único que se había atrevido a desafiarlo públicamente.

—Sé quién eres —dijo, sorprendida de que su voz sonara más firme de lo que se sentía—. Lo que no sé es qué quieres conmigo.

—Directa —comentó él, y una sombra de sonrisa cruzó sus labios—. Me gusta.

Se recostó en el asiento con la elegancia natural de quien ha nacido entre privilegios, y el traje se ajustó a sus hombros anchos como una armadura hecha a medida. El reloj en su muñeca brilló bajo las luces de la ciudad, y Valentina sabía lo suficiente de contabilidad para reconocer que esa pieza costaba más que todo lo que había ganado en una década de trabajo.

—Odias a la familia Mendoza —afirmó.

—Acabo de descubrirlo hace una hora —respondió.

—Yo los odio desde hace veinte años —dijo él, y sus ojos se oscurecieron con algo que iba más allá del rencor—. Destruyeron a mi padre, lo dejaron en la ruina con una operación financiera que le quitó todo. Se suicidó cuando yo tenía quince años.

El aire en el coche se volvió espeso, cargado de un dolor antiguo que reconoció porque empezaba a entender cómo se sentía perderlo todo.

—Lo siento —dijo, y lo decía en serio.

—No quiero tu compasión —replicó, con un tono que no admitía lástima—. Quiero tu ayuda.

—¿Mi ayuda? —repitió, casi riendo de lo absurdo que sonaba—. Acabas de verme, no tengo nada.

—Tienes algo que nadie más tiene —dijo, inclinándose hacia ella con una intensidad que le hizo contener el aliento—. Diez años de secretos de la familia Mendoza.

El coche se detuvo frente a un edificio que parecía tocar las nubes, una torre de cristal y acero que dominaba el horizonte como una declaración de intenciones.

Un portero uniformado abrió la puerta antes de que el coche terminara de frenar, otro sostuvo un paraguas sobre su cabeza como si fuera alguien importante, y un tercero recogió su maleta miserable con la misma reverencia que habría mostrado ante un equipaje de diseñador.

Sebastián caminó hacia el ascensor privado sin mirar atrás, y Valentina lo siguió porque no tenía otro lugar adónde ir, porque la alternativa era volver a la lluvia y al banco del parque y a la nada que la esperaba afuera.

El penthouse ocupaba todo el último piso, un espacio absurdamente grande con ventanales de suelo a techo que enmarcaban la ciudad entera, muebles que parecían sacados de una revista de arquitectura y una vista que probablemente costaba más que el edificio donde había vivido los últimos diez años.

—Siéntate —ordenó, señalando un sofá blanco que parecía demasiado perfecto para ser usado.

—Voy a arruinar tu sofá —dijo, mirando su ropa empapada.

—Tengo veinte más —respondió, sin rastro de ironía.

Se sentó porque las piernas ya no le sostenían, porque el agotamiento empezaba a pesar más que el orgullo.

Él se sirvió otro whisky de una licorera de cristal y se quedó de pie frente a los ventanales, recortado contra las luces de la ciudad como un general antes de la batalla.

—Voy a destruir a la familia Mendoza —anunció, con la calma de quien describe un plan de negocios—. Todo lo que construyeron, todo lo que robaron, todo lo que les permitió vivir como reyes mientras otros se hundían. Y tú vas a ayudarme.

—¿Por qué lo haría? —preguntó.

—Porque ellos te destruyeron primero —respondió, girándose para mirarla—. Y porque te voy a dar los medios para vengarte.

—No tengo nada que ofrecer.

—Tienes información. Contraseñas, accesos, cuentas que manejaste durante diez años, proveedores, clientes, contactos. Conoces sus debilidades, sus mentiras, sus secretos mejor que nadie.

—Eso es ilegal —dijo, aunque la palabra sonó hueca incluso para ella.

—¿Y lo que te hicieron a ti es legal? —replicó, con una dureza que cortaba—. ¿Echarte sin un peso después de una década de trabajo? ¿Quitarte todo lo que construiste mientras te llamaban don nadie?

Tenía razón, y odiaba que tuviera razón, odiaba que sus palabras encendieran algo dentro de ella que se parecía peligrosamente a la esperanza.

—¿Qué gano yo? —preguntó.

—Departamento propio en este edificio, cuenta bancaria con un millón de dólares, un trabajo de verdad en mi empresa con un salario real que habrás ganado tú misma. Y cuando esto termine, serás libre de hacer lo que quieras con tu vida.

Un millón de dólares. Más dinero del que Rodrigo le había dado en diez años de matrimonio, más libertad de la que había conocido jamás.

—¿Cuál es el truco? —preguntó, porque siempre hay un truco, porque nadie ofrece tanto sin esperar algo a cambio.

—Tienes que casarte conmigo.

El silencio que siguió fue tan denso que podía sentirlo presionando contra sus oídos.

—¿Qué? —logró decir.

—Un matrimonio falso, seis meses, nada más —explicó, con la misma naturalidad con la que habría descrito una fusión empresarial—. Para heredar el control total de mi empresa necesito estar casado antes de cumplir 35, es una cláusula absurda del testamento de mi abuelo. Y tú necesitas una nueva identidad, una que los Mendoza no puedan tocar.

—¿Por qué yo? —preguntó—. Podrías tener a cualquier mujer.

—Porque cualquier mujer querría amor, promesas, un futuro —respondió, y algo en su voz se endureció—. Tú quieres venganza. Es más simple.

Se levantó del sofá y caminó hacia los ventanales, necesitando distancia para pensar, para procesar lo que acababa de escuchar.

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