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Me Divorció por Otra: Me casé con su rival romance Capítulo 2

No reconoció a la mujer del espejo.

Llevaba tres horas en aquel salón de belleza que ocupaba un piso entero de un edificio en la zona más exclusiva de la ciudad, rodeada de estilistas que hablaban en susurros reverentes y la trataban como si fuera alguien importante. El equipo completo había llegado al amanecer al penthouse con maletas de maquillaje, percheros de ropa y esa eficiencia silenciosa que solo el dinero puede comprar.

Ahora, frente al espejo de cuerpo entero, veía el resultado.

El cabello que Rodrigo siempre había criticado por ser demasiado común caía ahora en ondas brillantes hasta sus hombros, con reflejos castaños que capturaban la luz como seda líquida. El maquillaje resaltaba unos pómulos que no sabía que tenía y unos ojos que parecían más grandes, más intensos, más peligrosos. El vestido negro se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, elegante y sofisticado, el tipo de vestido que nunca se habría atrevido a usar porque Rodrigo decía que era demasiado para alguien como Valentina.

Demasiado. Esa palabra que había usado para mantenerse pequeña durante diez años.

—El collar —indicó la estilista principal, y otra mujer se acercó con un estuche de terciopelo negro.

Dentro había un collar de diamantes que brillaba como estrellas atrapadas en platino. Se lo colocaron con cuidado, y el peso frío contra su piel se sintió como una armadura, como una declaración de guerra.

—Perfecta —dijo una voz desde la puerta.

Sebastián estaba apoyado contra el marco, observándola con una expresión que no pudo descifrar. Llevaba un traje gris oscuro que parecía hecho para él por algún dios de la moda italiana, y cuando sus ojos se encontraron en el reflejo del espejo, algo eléctrico cruzó el aire entre ellos.

—El coche está listo —anunció, sin apartar la mirada—. Es hora de que la ciudad conozca a la señora Duarte.

La señora Duarte. Todavía no se acostumbraba al nombre, pero cuando se miró una última vez en el espejo, entendió algo fundamental: la mujer que había sido, la esposa invisible de Rodrigo Mendoza, ya no existía. La habían enterrado bajo la lluvia de hace dos noches, junto con su miedo y su sumisión.

Esta mujer del espejo era alguien nuevo, alguien que Valentina misma estaba inventando con cada decisión, con cada paso hacia adelante. Y esta mujer no iba a permitir que nadie volviera a hacerla sentir pequeña.

El restaurante era el tipo de lugar donde la lista de espera duraba meses y donde una cena costaba más que su antiguo salario semanal.

Sebastián había reservado la mejor mesa, la que estaba en el centro del salón principal, visible desde todos los ángulos, perfecta para ser vista. No era una coincidencia, por supuesto; nada con él era coincidencia. Esta cena era una declaración pública, el primer movimiento en un tablero de ajedrez que apenas comenzaba a entender.

Caminó junto a él con la espalda recta y la barbilla alta, sintiendo las miradas que los seguían como un peso físico. Susurros, teléfonos que se levantaban discretamente, sonrisas nerviosas de quienes reconocían a Sebastián y se preguntaban quién era la mujer de su brazo.

Se sentaron, y un sommelier apareció de inmediato con una botella de champán que probablemente costaba más que su maleta abandonada. Sebastián pidió por los dos sin consultarle, pero cuando arqueó una ceja, él sonrió con esa sonrisa de depredador que empezaba a reconocer.

—Confía en mí —dijo—. Esta noche es un espectáculo, y cada detalle cuenta.

Iba a responder cuando una voz familiar cortó el aire como un cuchillo oxidado.

—¿Valentina?

Se giró, y ahí estaba Mónica.

Llevaba un vestido rojo que probablemente había pagado Rodrigo, y del brazo traía a un hombre mayor que no reconoció, algún socio de negocios o quizás su siguiente objetivo. Su expresión pasó de la sorpresa al desconcierto y finalmente a algo que se parecía mucho al miedo cuando sus ojos registraron su transformación, el collar de diamantes, y sobre todo al hombre sentado frente a ella.

—Mónica —dijo, y su voz sonó tranquila, casi amable, como si encontrarse con la mujer que la había traicionado fuera un inconveniente menor—. Qué sorpresa.

Ella abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. Por primera vez desde que la conocía, Mónica no sabía qué decir.

—Tú... pero... ¿qué haces aquí? —logró articular, mirando a Sebastián como si fuera una aparición—. ¿Con él?

La mujer del espejo 1

La mujer del espejo 2

La mujer del espejo 3

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