—Excelente —dijo Orfeo, soltando la tarjeta y dejando que ella la tomara. En ese instante, el celular que descansaba sobre la mesa vibró. Orfeo bajó la mirada, lo tomó y lo desbloqueó.
Zulema, que no se perdía un detalle, notó cómo la mirada gélida del hombre se suavizaba de inmediato. Dedujo al instante que ese mensaje tenía que ser de Emilia.
La cena de celebración se organizó en un exclusivo restaurante del centro de la ciudad. Emilia había reservado todo el segundo piso.
Unas veinte personas del estudio de diseño llenaban la inmensa mesa alargada. Entre el tintineo de las copas y las risas estruendosas, Emilia, rodeada por sus compañeros, lucía una sonrisa radiante y relajada, algo inusual en ella.
Cuando la puerta se abrió, nadie se dio cuenta.
No fue hasta que uno de los colegas que estaba más cerca de la entrada soltó un grito ahogado y tartamudeó: "¡S-señor Núñez!", que la habitación entera pareció entrar en pausa. Todos se quedaron congelados a mitad de movimiento.
Orfeo llevaba un traje informal de color gris oscuro, sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado. Lucía mucho más accesible y relajado que de costumbre.
Levantó la mano y les indicó a todos que se sentaran.
—No se pongan tensos. Hoy no vengo en calidad de jefe.
Los presentes intercambiaron miradas nerviosas antes de fijar sus ojos en Emilia.
Ella solo le había enviado un mensaje para contarle que iban a cenar para celebrar; jamás imaginó que él aparecería en persona.
Pensó que, como mucho, le respondería con un escueto "Felicidades", ya que él no era del tipo de personas que frecuentaba eventos sociales de esa índole.
Orfeo caminó con total naturalidad hasta situarse junto a Emilia. Uno de los colegas, entendiendo las indirectas, le cedió rápidamente su asiento. Al sentarse, la manga de Orfeo rozó accidentalmente la muñeca de Emilia, dejando a su paso una estela de su característico y elegante perfume.
—La estrella de la noche es Emilia —dijo él, aceptando la taza de té que le ofreció el mesero, con un tono tan casual que parecía que hablaba del clima—. Todo corre por su cuenta. Yo solo vine de gorrón porque me invitaron.
Esas palabras actuaron como magia; la tensión en la mesa se disipó al instante.
Alguien, envalentonado, se atrevió a bromear:
—¡Jefe Núñez, si viene a aprovecharse, tiene que comer bastante! ¡Emilia tiró la casa por la ventana hoy!
Orfeo curvó ligeramente los labios en una sonrisa, pero no respondió. Solo giró un poco la cabeza para mirar a Emilia.
Ella levantó su copa para proponerle un brindis.
—Gracias, señor Núñez, por haberme ayudado con los contactos. Sin usted, no habría tenido la oportunidad de ser nominada a los Premios Globo de Oro.
Orfeo sonrió con ternura, pero se limitó a levantar su taza de té para chocarla levemente contra la copa de ella.
—Qué formalidad.
Apenas la noche anterior habían hecho el amor hasta perder la noción de la realidad; ella lo había dominado por completo. Y ahora, verlo ahí, impecablemente vestido, mirándola con esos ojos rebosantes de diversión... hizo que el corazón de Emilia diera un vuelco.
Su resistencia física y emocional hacia ese hombre era prácticamente nula.
Afortunadamente, la conversación no tardó en volver a los Globos de Oro. Ulises, del departamento de arte, agitaba las manos con entusiasmo:

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