Emilia preguntó con curiosidad: —¿Nunca antes lo había hecho?
—Jamás —respondió la maquillista con una sonrisa—. Al menos en nuestro estudio, usted es la primera mujer por la que se involucra personalmente.
Emilia bajó la mirada, con los labios curvados en una suave sonrisa.
Pensó que él tardaría un rato en llegar, pero apenas diez minutos después de los mensajes, Orfeo ya estaba allí.
Había terminado sus asuntos antes de tiempo y se fue directo al estudio. Llevaba un traje color café oscuro; algunos mechones de su cabello estaban ligeramente desordenados por el viento, pero eso solo lograba resaltar la perfección de su rostro.
Lisa se le acercó para decirle un par de cosas, pero él apenas asintió. Su mirada ya había saltado por encima de ella, clavándose fijamente en la puerta entreabierta de la suite privada.
Cuando empujó la puerta, Emilia estaba de pie frente al inmenso espejo.
Al escuchar el ruido, ella se giró para mirarlo.
En ese preciso instante, Orfeo se quedó paralizado.
Se detuvo en el umbral, con una mano aún aferrada al picaporte, como si su cerebro hubiera olvidado cómo procesar la siguiente orden.
Su mirada recorrió lentamente el rostro de Emilia. Primero esos ojos resplandecientes, luego la fina curvatura de sus cejas, y finalmente el tono suave y rosado de sus labios.
Su nuez se movió sutilmente al tragar saliva.
Un detalle que, para sorpresa de ella, no le pasó desapercibido.
—¿Y bien? —Emilia se volvió hacia él, abriendo ligeramente los brazos y fingiendo un tono relajado—. Supongo que me veo decente, ¿no?
Por dentro, estaba hecha un manojo de nervios.
Orfeo no respondió de inmediato.
Soltó el picaporte, dio dos pasos hacia ella y se detuvo a menos de un brazo de distancia.
Emilia se sintió intimidada bajo la intensidad de su mirada, y ladeó un poco la cabeza para esquivarla. —¿Qué pasa? ¿No te gusta?
—Lo que pasa es... —Orfeo levantó la mano y, con la yema de los dedos, acarició suavemente el lóbulo de su oreja, justo donde brillaba uno de los pendientes de perlas que Lisa le había escogido— que tú ya eres hermosa. Todas estas prendas solo sirven para que el resto del mundo tenga el privilegio de verlo.
Sus dedos estaban fríos, probablemente porque aún traía el clima de la calle, pero ese ligero contraste térmico contra la piel cálida de su oreja hizo que una corriente eléctrica recorriera el cuerpo de Emilia.
Lisa, con suma discreción, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Se quedaron completamente solos.
Emilia tomó una respiración profunda y alzó el rostro para mirarlo directamente a los ojos.
Recordó las palabras de Mauricio esa misma mañana. Ese discurso ridículo de «lo digo por tu bien» y la arrogancia con la que la acusaba de «caer en la perdición».
De pronto, sintió que ya no quería andar con cuidado. La oportunidad estaba justo frente a ella, ¿por qué no tomarla?
—Orfeo —dijo su nombre en voz baja, pero con una firmeza inquebrantable—, ¿tienes tiempo hoy?

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