—Querida Zulema, come un poco más. Te veo más delgada en estos días. ¿Acaso Mauricio no te está cuidando bien? Cualquier queja que tengas, dímela y yo misma lo reprendo.
Zulema tomó el plato con obediencia y una sonrisa dulce.
—Gracias, señora. Mauricio es un ángel conmigo, no se preocupe por nada.
El señor Solís, sentado al otro lado de la mesa, sostenía su copa de licor con una expresión de absoluta satisfacción.
En toda su vida no había logrado grandes cosas, pero su hijo era un hombre exitoso, con un trabajo prestigioso y ahora, con una pareja de buena familia. Esa era su mayor carta de presentación ante el mundo.
—Zulema —dijo el hombre, bajando la copa y adoptando un tono solemne y paternal—, mi esposa y yo estamos mil por ciento tranquilos con esta relación. Díganme, ¿para cuándo formalizan las cosas? Nosotros ya estamos viejos y nos morimos de ganas de tener un nieto.
Mauricio, que estaba concentrado en su plato, detuvo los cubiertos en seco.
—Papá, es muy pronto. No hay prisa.
—¿Cuál pronto? ¡Mira la edad que tienes! —lo regañó su madre de inmediato—. Cuando nosotros teníamos tu edad, los niños ya nos corrían por toda la casa.
Zulema miró a Mauricio de reojo, y al ver que él no respondía, tomó la iniciativa con una sonrisa tímida.
—Señores Solís, creo que Mauricio tiene razón, no hay que apresurarnos. Aunque... —bajó un poco la mirada, dejando que sus mejillas se ruborizaran sutilmente—, yo también pienso que sería hermoso formalizar pronto. Así podré cuidarlos y atenderlos como se merecen.
Con esas palabras, la expresión de la madre de Mauricio se derritió por completo. Extendió la mano para palmear con cariño la de Zulema.
—¡Pero qué niña tan encantadora! Eres un tesoro.
El señor Solís asentía efusivamente, riendo de oreja a oreja.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA