A bordo del jet privado que volaba de Los Ángeles a Fiyi, Emilia descansaba junto a la ventanilla. Más allá de los cristales, las nubes se teñían de un tono dorado y rosado bajo el sol del atardecer, como si alguien hubiera volcado una caja de acuarelas en el cielo.
Bajó la vista hacia el premio Globo de Oro que descansaba en su regazo. El frío y brillante metal le devolvía su propio reflejo distorsionado.
Hacía apenas unas horas, estaba parada en ese imponente escenario, rodeada de cámaras, deslumbrada por los flashes, pronunciando el discurso que tantas veces había ensayado en su mente. Ahora, todo era calma. Lo único que se escuchaba era el suave zumbido de los motores y el leve susurro de las hojas de los documentos que Orfeo Núñez revisaba a su lado.
—¿Estás cansada? —preguntó Orfeo, levantando la vista del papeleo. Acercó su mano para acomodarle con delicadeza un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Un poco —Emilia dejó el premio a un lado y se recostó contra él—. Es solo que se siente irreal.
—¿Irreal? ¿Qué cosa? ¿Haber ganado o estar conmigo? —Orfeo enarcó una ceja.
Emilia lo pensó un momento. —Ambas cosas.
»Antes dudaba mucho de mi talento, hasta que la música por fin me dio mi lugar. Pero, a veces, me entra la duda... ¿Acaso usaste tus influencias para que yo ganara? —Lo miró a los ojos—. Aunque, conociéndote, sé que no eres de los que hacen ese tipo de trampas.
—Cuando ganaste en Stanford, yo ni siquiera te conocía —respondió Orfeo con tranquilidad—. ¿Ese premio no te bastó para confiar en tu propio talento?
—Aquel premio no cambió mi vida, pero fue un escalón —admitió Emilia—. En cuanto a nosotros, si no hubiera sido por aquel accidente, nuestras vidas jamás se habrían cruzado.
—Las casualidades también son parte del destino —afirmó Orfeo—. Eres el mejor regalo de la vida, uno que estuve a punto de dejar escapar.
Emilia sonrió ante esa inusual muestra de cursilería. —Tú también lo eres para mí. Fuiste la única luz capaz de salvarme. No solo me inspiraste musicalmente, sino que me rescataste de mi propio infierno.
Ella lo observó detenidamente. —Hace mucho que mi familia no intenta extorsionarme. Y conociéndolos, sé que no son de los que se rinden fácilmente. Tú hiciste algo, ¿verdad?
Orfeo le sostuvo la mirada por varios segundos. Poco a poco, una sonrisa cargada de misterio se dibujó en sus labios.
—Sí.
Emilia parpadeó. —¿De verdad les diste dinero? ¿Les pagaste para que me dejaran en paz?
—¿Acaso querías que hiciera eso? —preguntó él.
Emilia negó con la cabeza de inmediato. —No. Solo quiero cortar todo contacto y no volver a verlos el resto de mi vida.
—Entonces, tu deseo es una orden —dijo Orfeo en un tono suave pero firme—. Me encargué de tus padres a mi manera. Obviamente no están muertos, pero digamos que ya no tienen una vida fácil. Ahora dependen exclusivamente del sudor de su frente para alimentar a tu queridísimo hermano y forjarse un futuro. Es un estilo de vida más rudo, pero no van a morirse de hambre.
La curiosidad de Emilia llegó al límite. —¿Qué les hiciste?
—A través de los negocios de mi hermano mayor, de vez en cuando adquirimos yacimientos minerales —explicó Orfeo con frialdad—. Los mandé al otro lado del mundo a trabajar en las minas. Viven y comen ahí mismo, aportando su valioso esfuerzo a las industrias de la familia Núñez. Así pagarán todos los años que vivieron como parásitos de tu esfuerzo. Es un trato justo, ¿no crees?
Emilia se quedó sin palabras.

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