—Dime, ¿quién fue el hombre rico que la ayudó en ese entonces? —Los ojos de Mauricio estaban tan inyectados en sangre que parecían a punto de estallar. Una idea casi imposible se había apoderado de su mente, golpeándolo con tanta fuerza que a él mismo le parecía absurdo, pero necesitaba preguntar.
Minerva sonrió levemente y se soltó de su agarre con un tirón firme. —No tengo idea de quién estás hablando.
—¡Tú misma acabas de decir que un millonario le solucionó la vida!
¿Por qué, de todas las personas en el mundo, esa mujer lo había elegido precisamente a él? Todo parecía tan fríamente calculado. Apareció en su vida justo en el momento en que estaba en crisis con Emilia, en el momento perfecto.
—Sí, lo dije. ¿Pero por qué tendría que decírtelo a ti? —Minerva se arregló la manga arrugada y respondió con total calma—: Tu esposa sabe muy bien lo que me debe a mí. En cuanto a quién te debe explicaciones a ti, eso es asunto tuyo. Ve a buscar a los responsables, pero no me metas a mí.
Sin decir más, se alejó sin mirar atrás.
El eco de sus tacones resonando por las escaleras se fue desvaneciendo hasta desaparecer con el sonido de las puertas del ascensor cerrándose.
Mauricio se quedó de piedra, incapaz de reaccionar durante un largo tiempo.
Desde el principio, su decisión había estado podrida.
En los días siguientes, la vida de Mauricio parecía haber sido puesta en cámara rápida; todo se estaba desmoronando a una velocidad vertiginosa.
Minerva envió esas mismas fotografías, junto a un informe detallado con denuncias formales, directamente a la empresa de Zulema.
En el momento en que el departamento de Recursos Humanos abrió el paquete, Zulema estaba en la oficina repartiendo dulces y compartiendo con sus colegas la feliz noticia de su boda. Llevaba una sonrisa radiante en el rostro.
Como el rumor de su boda con Mauricio ya era conocido por todos, y sus compañeros le preguntaban cuándo sería el festejo oficial, ella había comprado los dulces de su propio bolsillo para no levantar sospechas. Con la intención de mantener intacta su fachada de felicidad y perfección, fingía que el desastroso conflicto de aquel día nunca había ocurrido.
Cuando los guardias de seguridad se acercaron a pedirle que fuera a la sala de juntas, esa sonrisa cuidadosamente fabricada aún iluminaba su rostro.
Llegó a pensar que Recursos Humanos quería hablar sobre sus vacaciones de luna de miel. En su mente ya estaba planeando a qué isla paradisíaca irían y qué tipo de fotos presumiría en Instagram.
Hasta que abrió la puerta y vio la escena.
Había tres personas en la sala de reuniones. En el asiento principal estaba el vicepresidente de la compañía; a su lado, el director de Recursos Humanos; y un tercer hombre que no conocía, impecablemente vestido de traje. Frente a este último había un sobre de manila abierto, y la miraba con una frialdad sepulcral.
—Zulema, toma asiento —indicó el director de Recursos Humanos, señalando la silla frente a ellos.
La sonrisa de Zulema se congeló. Un mal presentimiento le apretó el pecho, pero aun así acercó la silla, alisó su falda y se sentó cruzando las piernas, aferrándose a su postura elegante.

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