Melisa guardó el cheque. Al ver la cifra —cincuenta millones—, asintió satisfecha. Ya se iba cuando Vasco la detuvo:
—Señorita, ¿cómo se apellida? ¿Dónde vive? Para que la próxima la manden a traer.
—Cuando sea hora, yo vengo —dijo Melisa, y se fue.
A los médicos famosos que habían llamado también los despidieron.
Hasta que Dani volvió a despertar, se sintió ligero como nunca.
Vasco estaba sentado a su lado.
—Dani, ¿cómo te sientes?
Dani asintió, recargado en la almohada.
—¿Y ella?
Vasco parpadeó.
—¿Quién?
—Mi doctora —Dani frunció apenas el ceño—. ¿No la dejó aquí?
Vasco entendió.
—Ah, la Doctora Milagro. Dijo que va a volver. Tus hombres la trajeron de Novygen Biotecnología; debe ser una doctora de ahí. Tiene valor, la verdad.
A Dani todavía le quedaba en la nariz ese olor tenue a lirios. De pronto, se le dibujó una sonrisa mínima.
—Sí… tiene valor. Se atrevió a apostarse la vida conmigo.
Vasco se quedó helado al verlo sonreír. Desde que empezó la enfermedad, su nieto no había sonreído ni una sola vez.
—Te vas a curar, te lo prometo —le dijo, dándole una palmada en el hombro—. Y si te gusta esa muchacha, ahorita mismo voy por ella.
—No, abuelo. Está imaginando cosas —Dani negó con la cabeza, se le borró la sonrisa y dijo, tranquilo—. Ya nos vamos a volver a ver.
***
La señora, al notar el gesto, casi se suelta a llorar.
—¿Entonces ya no hay de otra más que operar? Pero yo no puedo pagar… son un millón.
—Estos estudios no son de la misma persona, señora —dijo Melisa, seria, mientras le revisaba el cuello—. ¿Está segura de que el hospital se los dio a usted? ¿No le entregaron los de alguien más?
La señora asintió rápido.
—Sí. Y nada más en placas y medicinas ya me gasté casi diez mil.
Melisa retiró la mano y habló con firmeza:
—Usted no tiene ningún tumor.
La señora se quedó en blanco.
—¿Cómo dice?
***

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