Ángel se quedó callado después de la regañiza. Melisa intervino a tiempo:
—Esto no es completamente culpa de Ángel. Se filtró la información en el Museo del Patrimonio y por eso llegaron los asaltantes.
Dani entrecerró los ojos y la miró, visiblemente molesto. Esa mirada decía: «¿Todavía te atreves a defenderlo?».
Melisa casi nunca había sentido una presencia tan pesada; hasta a ella le tensó el pecho.
Aun así, le sostuvo la mirada y dijo con calma:
—Si no me llevas al hospital ya, mi sangre te va a manchar la ropa.
Las pupilas de Dani se contrajeron. Tensó el brazo y la apretó más contra su pecho.
—Vámonos.
Sus botas militares hundían la arena; con cada paso, el ambiente se volvía más pesado.
Ángel los alcanzó, a disgusto.
—¡Por lo menos déjenme ir al hospital!
—Regrésate y avísale a tu abuela que estás bien.
Dani volteó y le echó una última mirada. Parecía una bestia agazapada, peligrosa, lista para saltar.
—Si das un paso más, no me molesta que tú también termines en una ambulancia.
Ángel se frenó en seco. La presencia intimidante de ese hombre lo sacudió.
Nunca había visto a Dani así. Esa expresión era la que tendría frente a un enemigo en el campo de batalla… ¿lo estaba viendo como enemigo?
El viento nocturno trajo el olor a sangre. Melisa vio las venas marcadas en el cuello de Dani.
De pronto alzó la mano; con las yemas manchadas de sangre le tocó con suavidad la garganta.
—Dani.


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